Mujer y familia en Marx

Mujer y familia en Marx

 

Antonio Antón

 

(Investigación de Sociología de la Familia en la Facultad de Sociología de la UNED, abril de 1999)     

      

Índice:

 

I.      Producción y reproducción social

II.     Clase social y familia obrera

III.    Marx y la cuestión femenina

IV.   Un movimiento obrero masculino

V.    El acceso de las mujeres al empleo

VI.   Capitalismo y dominación masculina

VII. Marxismo e institución familiar

VIII. Algunas reflexiones finales


I. Producción y reproducción social

 

Las clases sociales según Marx tienen una identidad económica. A diferencia de las castas o estamentos que estaban separados por su estatus jurídico y, por tanto, las personas estaban claramente definidas, en el caso de la distinción económica de la clase social, las fronteras entre las clases no pueden ser tan nítidas. También se dan una serie de situaciones sociales complejas y contradictorias en el seno de cada clase social. Pero, además, muchas personas poseen características y propiedades de diversas clases, apareciendo zonas intermedias, o aunque pertenezcan a una clase por sus posiciones dominantes, conservan cualidades de otra.

Marx no elaboró una teoría sistemática de las clases sociales, pero sí que se pueden distinguir dos tipos de textos diferentes, donde el concepto proletariado tiene una amplitud muy desigual y está compuesto por elementos más o menos heterogéneos. Así, en unos escritos, el proletariado es una parte de la sociedad más restringida y, en otros, es más ampliadando mejor cabida a la problemática de las mujeres.

Aquí partimos de una concepción amplia y más multilateral del concepto de clase social, a diferencia de diversas corrientes marxistas que defienden la idea de una delimitación clara y rigurosa de la clase social junto con una concepción de una clase obrera completamente homogénea en su interior y basada solo en la producción capitalista. Este punto de partida será fundamental en la discusión sobre la vinculación de las mujeres y, en particular de las amas de casa de las familias trabajadoras, a la clase obrera, teniendo en cuenta la función de reproducción social y sus condiciones de vida[1].

Vamos a hacer alusión a la versión más restrictiva que tiene un componente más economicista y de infravaloración de la función de reproducción social y, por tanto, del trabajo doméstico de las familias. Una cita muy clara de Marx es la siguiente:

 

‘Desde el punto de vista económico sólo puede llamarse proletario al obrero asalariado que produce y valoriza capital’ [2]

 

Como se puede comprobar, aquí se pone el acento en la clase obrera como elemento que realiza una función económica dentro del proceso de valorización del capital, entendido en sentido estricto. Bajo esta interpretación diferencia claramente entre proletarios productivos y quienes viven del producto excedente, incluyendo aquí al personal del servicio doméstico.

Trabajadores productivos son, según Marx, aquellos cuya actividad genera un valor igual al de su fuerza de trabajo, más otro añadido llamado plus-valor. Así, el trabajo no productivo está al margen de esa valorización del capital, ya que

 

‘sólo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalista o que trabaja para hacer rentable el capital’[3] 

 

No obstante, hay que precisar que de esta definición no se deduce que esté solo incluida la producción de bienes materiales, como dice alguna versión marxista, sino que también son productivas las mercancías de tipo ‘espiritual’ como la educación, la literatura o el arte, etc. siempre que estén incorporadas al mercado, es decir, a ese proceso de valorización del capital.

Por tanto, lo definitorio no sería éste o aquel tipo de trabajo más o menos material, intelectual o de servicios, sino si está inscrito en el proceso de compraventa de mercancías y, por tanto, en la creación de ‘capital’ en sentido estricto. En esa concepción restrictiva, el trabajo doméstico aparece como claramente improductivo y, por tanto, las amas de casa no pertenecerían a la clase obrera.

 

II. Clase social y familia obrera

 

Sin embargo, Marx también hace alusión a la clase obrera como un amplio conjunto social, compuesto por diferentes estratos y categorías de trabajadores yen particular, las mujeres que reproducen a los ‘obreros’, así como los llamados inactivos, los niños o los ancianos. Hay numerosas alusiones a la clase social como un conglomerado muy amplio o mayoritario de la sociedad, de la que se tiene también una visión dual, como dos campos enfrentados:

 

‘La sociedad en su conjunto se está dividiendo más y más en dos grandes campos hostiles, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente una con la otra: la burguesía y el proletariado’ [4]

 

Por tanto, aquí no está hablando sólo de los trabajadores productivos sino de un campo social amplio y diverso. Eso no quiere decir que el proletariado no tenga una determinación económica, ocupando una posición específica en relación a la producción social, sino que la definición económica es más amplia. La clase obrera está compuesta por el conjunto de quienes carecen de una capacidad económica independiente, es decir, no poseen otros bienes que su fuerza de trabajo que debe vender por un salario. Ello también se debe entender para el conjunto del proletariado, no necesariamente para cada uno de sus miembros.

Marx ve a la clase obrera como un todo, un conjunto que tiene unas características e identidades específicas y en relación a la otra clase social, la burguesía. De ahí se deduce que las mujeres amas de casa, de familias obreras, aunque no realicen un trabajo ‘productivo’ en sentido estricto, si pertenecen a la clase obrera. Así, su trabajo, catalogado de ‘improductivo’, será infravalorado, pero su pertenencia a la clase obrera, no estará basado en su vinculación con un empleo formal, sino por el conjunto de su situación socioeconómica. Otros problemas, que se ven más adelante, son la no valorización social del trabajo doméstico y la posición de subordinación en que están las mujeres.

Por otra aparte, Marx también considera a la clase obrera como un conglomerado no sólo de individuos, sino de familias:

 

‘En la medida en que millones de familias vive bajo condiciones económicas de existencia que les distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clase, aquellas forman una clase’.[5]

 

La presencia de las familias, como instituciones intermedias entre las personas y la clase social, establece una peculiar división de funciones, una desigualdad determinada en su seno y será fuente de diversas contradicciones sociales. Esta vinculación de capital-familia obrera-miembros de la familia obrera está señalada por Marx cuando habla de ‘salarios medios de las familias’ y de ‘plustrabajo total arrancado a la familia’[6].

 Por tanto, la posición económica del proletariado no se puede quedar limitada a la esfera de la producción sino también a la de la reproducción de la mano de obra. Esta tarea que la burguesía encarga a las familias obreras, condicionará fundamentalmente la vida de las mujeres de la clase obrera.

En conclusión, en Marx hay una doble visión de la composición y características de la clase obrera. Una, más limitada e identificada con el proletariado industrial, que será desarrollada posteriormente por diferentes corrientes marxistas y donde no tienen cabida intelectuales, aristocracia obrera, parados o inactivos, así como las amas de casa. Con esa visión enseguida hay que rellenar los diferentes segmentos como si fueran otra clase social, ya sea en la clase media o en la llamada infraclase, llegando en el caso de las mujeres a considerarlas como otra clase social.

La otra visión propicia un análisis menos economicista, no encerrando su identidad socioeconómica al ámbito de las relaciones de producción en sentido estricto. Esta posición es también más multilateral y más abierta a la configuración de los grandes campos sociales y a su diversidad interna, incluidas otras facetas como los componentes culturales, étnicos y nacionales, o las situaciones de paro o inmigración que tanto tienen que ver con la identidad de la clase obrera y de sus segmentos. Igualmente integra el problema general de la reproducción de la vida social que, aparte del Estado y otras instituciones, cubren las familias. Aquí se parte de esta última noción, más amplia e integradora de la problemática de la familia obrera y de la mujer.

Por último, hay que añadir que más que el problema de la pertenencia a una clase social por sus condiciones socioeconómicas, el problema principal es el de la conformación histórica concreta de esas clases sociales, donde intervienen todo tipo de factores socioeconómicos, políticos, culturales, etc., y donde se puede visualizar su conciencia y su comportamiento social, a veces, algo unificado y, normalmente, heterogéneo y diversificado.

 

III. Marx y la cuestión femenina

         

          Marx no analizó de forma específica y sistemática la posición de las mujeres en la clase obrera. Sus estudios se centran más en las mujeres asalariadas, sin prestar gran atención a otras facetas que configuran su función social. El trabajo doméstico es casi totalmente ignorado. Cuando la familia tiene unas funciones como unidad de producción en el artesanado o en las familias campesinas, presta cierta atención a la desigual división del trabajo según el sexo:

 

          ‘Los diversos trabajos que engendran estos productos, la agricultura y la ganadería, el hilar y el cortar, etc. son, por su forma natural, funciones sociales, puesto que son funciones de una familia en cuyo seno reina una división propia y elemental, ni más ni menos que en la producción de mercancías. Las diferencias de sexo y edad y las condiciones naturales de trabajo, que cambian con las distintas estaciones del año, regulan la distribución de esas funciones dentro de la familia y el tiempo que los individuos que la componen han de trabajar’[7]

         

          Sin embargo, ante la disminución de esas tareas productivas con el desarrollo del capitalismo y al quedar sus funciones más limitadas a la reproducción de la mano de obra, Marx tenderá a ignorar la función económica tan importante que todavía conservará la institución familiar. Esta deficiencia hay que contemplarla en su pertenencia al mundo cultural masculino de la época, que relega a las mujeres a un segundo plano subordinado y dependiente. Engels tendrá una mayor sensibilidad a la cuestión femenina, aunque se puede decir que Marx todavía tenía una posición más avanzada que la mayoría de sus contemporáneos.

          Pero visto desde hoy, podemos decir que Marx conservará una representación de la sociedad principalmente masculina donde las mujeres aparecen en un segundo plano. Siempre aparecen detrás de los hombres, ejerciendo de madres, esposas e hijas y, a menudo, tienen actitudes protectoras y paternalistas. Igualmente, aunque se opone a la institución familiar, mostrará un talante convencional en relación al matrimonio y a los usos y costumbres sexuales. Todo ello tendrá efectos negativos para la causa de la liberación de las mujeres.

           

IV. Un movimiento obrero masculino

 

Marx estuvo vinculado al movimiento obrero de su tiempo, que estaba compuesto por una mayoría de hombres y una minoría de mujeres, y en el que prevalecía un marcada carácter masculino.

El sindicalismo británico, el más desarrollado de la época, excluyó durante varias décadas a las mujeres, salvo casos especiales. Hubo que esperar hasta el año 1874, cuando se constituyó la Liga por el Sindicalismo de Mujeres, que impulsó entre 30 y 40 sindicatos femeninos hasta 1886. Es en el último cuarto de siglo cuando los sindicatos se empiezan a abrir a la participación de las mujeres, aunque todavía en 1911 en Francia el sindicato de la CGT del Libro rechazaba la sindicación de las mujeres tipógrafas. Sin embargo, no por ello dejaron de haber importantes luchas sociales de mujeres obreras[8].

En las organizaciones obreras tenían predominio los hombres y esto tuvo varias repercusiones importantes. Cuando se agudizó el conflicto entre mujeres y hombres por ocupar los puestos de trabajo disponibles, esas organizaciones defenderán a los hombres, y tratarán de recluir a las mujeres en el hogar, consagradas a las funciones de la procreación y a la actividad doméstica.

Igualmente, el combate por el sufragio, que fue una acción sociopolítica fundamental en el primer movimiento obrero, será sobre todo una acción por el voto masculino, no por el voto universal. Serán las mujeres del primer feminismo quienes levantarán la voz por el sufragio femenino, universalizando ese derecho.

 

V. El acceso de las mujeres al empleo

 

Marx, y especialmente Engels, ven con buenos ojos el acceso de las mujeres a una tarea económica independiente fuera del hogar:

 

‘La gran industria, con el importante papel que atribuye a las mujeres, a jóvenes y a niños de ambos sexos en procesos productivos socialmente organizados más allá de la esfera doméstica, está creando los nuevos fundamentos económicos de una forma más alta de la familia y de la relación entre los sexos’[9]

 

Esta posición de defensa de la actividad femenina fuera del hogar estuvo muchas veces a contracorriente en el propio movimiento sindical e incluso fue polémica en la I Internacional frente a la corriente anarquista que defendía la prohibición del empleo de las mujeres y su vuelta a casa, con argumentos morales. Marx, ante la superexplotación de la mujer exigía una regulación especial y de carácter protector:

 

‘La reglamentación de la jornada de trabajo debe incluir ya la restricción del trabajo de la mujer, en lo que se refiere a la duración, descansos, etc. de la jornada; de no ser así, sólo puede equivaler a la prohibición del trabajo de la mujer en las ramas de la producción que sean especialmente nocivas para el organismo femenino o inconvenientes, desde el punto de vista moral, para este sexo’[10]

 

En definitiva, Marx expresa dos opiniones claras: una defensa del trabajo femenino fuera de casa y, por otro lado, cierto proteccionismo general hacia las mujeres. El problema es que, además de la actitud paternalista que revelaba, ese proteccionismo tendía a consolidar una situación de subordinación de las mujeres. Se suele hacer referencia siempre a la menor fuerza muscular de las mujeres, pero la realidad es otra. La razón de fondo está en la respuesta de los hombres asalariados que reaccionan contra la intromisión de las mujeres en un mercado de trabajo que consideran suyo, y contra el abandono del hogar y las funciones domésticas que comporta para ellas.

Además de la tendencia a la exclusión del mercado de trabajo, las mujeres también sufren una desigualdad en el interior de la masa asalariada. El grueso de ellas estarán concentradas en unos sectores como el servicio doméstico o el textil y percibirán unos salarios inferiores a los masculinos. Es decir, no sólo hay una división del trabajo por sexos sino también una diferenciación de las remuneraciones por sexos.

 

VI. Capitalismo y dominación masculina

 

La menor capacidad adquisitiva de los salarios de las mujeres, además de mantenerlas en una mayor pobreza deja a las asalariadas en una peor posición para su independencia económica y, por tanto, contribuye a encadenarlas a la institución familiar. Es el complemento salarial del marido, que aparece como el responsable principal del sostenimiento de la familia.  Todos estos aspectos no serán considerados por Marx (y Engels) de forma crítica. En definitiva, rara vez plantean la relación entre el capital y mano de obra y la dominación del sexo masculino sobre el femenino.

La supremacía masculina se entrelaza con el modo de producción capitalista, apoyándose en la institución familiar. Las posiciones que en ésta mantienen los dos sexos afirma la identidad económica de la mujer obrera, como responsable de la reproducción del proletariado y, a la vez, como reserva de mano de obra asalariada y barata.

La reproducción de la clase obrera se realiza, en buena medida, en el ámbito de la familia y el tipo de organización familiar  será un condicionante fundamental de las relaciones sociales en su conjunto. La importancia de la reproducción a veces es destacada por Marx, en su concepción del salario:

 

‘El valor de la fuerza de trabajo no se determinaba ya por el tiempo de trabajo necesario  para el sustento del obrero adulto individual, sino por el tiempo de trabajo indispensable para el sostenimiento de la familia obrera’ [11]

 

Pero no se encuentra una reflexión de la envergadura proporcional al énfasis puesto en algunas de estas afirmaciones sobre la importancia de la reproducción, sobre el hecho de que esa tarea recaiga en la familia. Por tanto, Marx no puede avanzar en la valoración de la influencia de todo esto en la definición de la identidad social de la mujer proletaria y en la contradicción entre varones y mujeres dentro de la clase obrera.

 

 

VII. Marxismo e institución familiar

 

En Marx, y especialmente en Engels, sí que hay una crítica radical a la institución familiar y al matrimonio, y una defensa de su superación. Podemos mencionar las siguientes citas:

 

‘El primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino’.  O bien ‘La liberación de la mujer exige, como condición primera, la reincorporación de todo el sexo femenino a la industria social, lo que a su vez requiere que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad’ [12]

 

Sin embargo, ambos se dejarán llevar por el espejismo de que el desarrollo de la industrialización  capitalista iba a llevar aparejada la disolución de la familia, sin percibir la acomodación que se irá gestando entre familia y producción capitalista y viceversa, desarrollando unas funciones complementarias.

Es más, no solo contemplarán una superación automática de la familia, sino también una superación inmediata de la dominación masculina, como describe el siguiente párrafo:

 

‘Desde que la gran industria ha arrancado del hogar a la mujer para arrojarla al mercado de trabajo y a la fábrica, convirtiéndola bastante a menudo en sostén de la casa, han quedado desprovistos de toda base los últimos restos de la supremacía del hombre en el hogar proletario, excepto, quizá, cierta brutalidad para con las mujeres, muy arraigada desde el establecimiento de la monogamia’. [13]

 

Sin embargo, la familia obrera, tras esa época de dificultades en los primeros países industriales, renace con fuerza. A ello favorece el avance tecnológico con el desarrollo de la productividad, que permitirá mantener una gran reserva de mano de obra femenina en el hogar, la disminución de la jornada laboral, la desaparición del trabajo infantil o la mejora de las viviendas. A partir de ahí, el trabajo doméstico unido a la procreación, es decir, una actividad dirigida a la prestación de servicios a la familia y no a la producción social, será la actividad fundamental de las mujeres de la clase obrera, y factor clave en la definición de la posición específica de la mujer en su seno.

Marx sólo considerará el trabajo doméstico como trabajo no productivo y, por tanto, no actuaría directamente sobre el proceso de reproducción del capital social. Pero el análisis debe continuar a partir de ahí, como han hecho diversas corrientes feministas, para comprobar el gran papel económico que todavía tiene el trabajo doméstico.

 

VIII. Algunas reflexiones finales

 

Tres reflexiones, se pueden sacar, sobre los tres puntos más problemáticos de Marx, con respecto a la situación de las mujeres y de las familias obreras.

A) En primer lugar, hay que constatar que en la obra de Marx no se halla un tratamiento muy explícito sobre la relación entre mujeres amas de casa, no asalariadas y clase obrera. Bien es cierto, que esa noción amplia del proletariado, que se ha comentado, acoge en su interior a las mujeres no poseedoras de medios de producción, que participan en la masa asalariada aunque no perciban directamente ingresos salariales. Por tanto, con esa reserva sí se puede hablar que las mujeres amas de casa y, en general, las personas vinculadas a la ‘familia’ obrera son miembros de la clase obrera y, por tanto, tienen elementos comunes con ese conjunto social.

B) Se encuentran referencias varias a la posición desigual de las mujeres en el mercado de trabajo, que es uno de los elementos determinantes de la identidad específica de la mujer obrera. Pero más importante que él es su papel de trabajadora doméstica, no asalariada, subordinada al hombre en el marco de la familia. De la unión de ambos elementos nace la identidad peculiar de la mujer dentro de la clase obrera. Sólo a partir de esta constatación, se puede ahondar en el estudio de la relación entre supremacía masculina y la producción y reproducción bajo el capitalismo.

C) Por último, la débil percepción de la opresión femenina y del conflicto entre los dos sexos abona la idea de una armonía superior a la realmente existente en el seno del proletariado. Se subestima, de esta forma, la necesidad de un pensamiento y acción feminista para integrarlos en una visión global transformadora. Al mismo tiempo, la dominación de las mujeres no solo afecta a las obreras, sino que hay puntos comunes al conjunto de mujeres, añadiéndose una mayor complejidad para una perspectiva de conjunto liberadora.

 


 

[1] Aquí se han tenido en cuenta ideas desarrolladas por Eugenio del Río en el libro La clase obrera en Marx, Madrid, 1986, Talasa.

[2] El Capital, tomo I. 1867 Ediciones Venceremos (pág. 558, nota al pie)

[3] El Capital, tomo I (pág. 457)

[4] Manifiesto Comunista. 1847. Obras de Marx y Engels Editorial Crítica Tomo IX. (pág. 137)

[5] Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. 1852. Obras Escogidas. Editorial Progreso Tomo I. (pág. 490)

[6] Salario, precio y ganancia. 1865. Obras escogidas Tomo I (pág. 69)

[7] El Capital Tomo I (pág. 45)

[8] Ver ‘La mujeres ignorada por la historia’ de Sheila Rowbotham, Tribuna Feminista, Editorial Debate, Bogotá. 1980.

[9] El Capital tomo I (pág. 440).

[10] Programa de Ghota. 1875. Obras escogidas (pág. 26).

[11] El Capital Tomo I (pág. 347).

[12] El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Engels 1884. Obras escogidas. Tomo II, (pág. 254 y 262).

[13] Idem (pág. 259).