El sujeto en las teorías marxista y populista

Congreso Internacional 200 aniversario: Pensar con Marx hoy

Universidad Complutense de Madrid (UCM). Madrid, 2-6 de octubre de 2018

 

 

 

Resumen

 

Para definir a las clases o grupos sociales de forma completa y como sujetos colectivos, hay que considerar sus condiciones objetivas y su conciencia social: subjetividad, identidad, sentido de pertenencia colectiva. Comparativamente son cuestiones más fáciles de analizar. Pero, sobre todo, hay que explicar su comportamiento o experiencia: práctica social y cultural, estilos de vida, participación en el conflicto social o pugna sociopolítica.

 

El concepto clase social (o pueblo) expresa una relación social, una diferenciación con otras capas y clases sociales. Su conformación es histórica y cultural y se realiza a través del conflicto social y según su posición en las relaciones sociales y económicas y los equilibrios internacionales. La interpretación sobre el sujeto del cambio es fundamental para impulsar un proceso transformador democratizador y emancipador-igualitario.

 

Esta investigación parte, en primer lugar, de los cambios más significativos en este triple plano, de las condiciones objetivas de las distintas clases sociales, su conciencia social y su comportamiento sociopolítico. En segundo lugar, explica la importancia de la experiencia popular en la construcción del sujeto, frente a las ideas deterministas (marxistas ortodoxas) y las constructivistas (populistas). Se divide en dos partes: la primera analiza la relación entre las ideas y los intereses en la conformación del sujeto de cambio social y político; la segunda explica la relación entre transversalidad, igualdad y hegemonía.

 

Palabras clave: Clase social, experiencia popular, identidad colectiva, determinismo, constructivismo.

 

 El sujeto en las teorías marxista y populista 

 

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

antonio.anton@uam.es

 

Comunicación

 

Clase es una categoría ‘histórica’… El error previo: que las clases existen, independientemente de relaciones y luchas históricas, y que luchan porque existen, en lugar de surgir su existencia de la lucha (Thompson, 1979: 38).

 

Introducción

 

En los últimos años, con la crisis socioeconómica y las políticas de austeridad, se han acelerado grandes cambios en los tres planos, ya iniciados en las décadas anteriores (Antón, 2000). Los más evidentes son la precarización de las condiciones materiales y de derechos de la mayoría de la sociedad, la configuración de una conciencia de indignación cívica y democrática frente a la injusticia social y una nueva dinámica sociopolítica que ha terminado por configurar un nuevo sujeto político: Unidos Podemos (y confluencias). Se ha generado una polarización de amplios sectores populares con el poder económico, financiero y gubernamental.

 

En la agenda sociopolítica ha reaparecido un amplio y prolongado conflicto social, distinto a los procesos de la etapa anterior. Es la suma y convergencia de movilizaciones y grupos sociales, pero, sobre todo, es la superación de cierta fragmentación representativa y expresiva, con una mayor dimensión, duración y polarización sociopolítica. Se va configurando una identificación del adversario común, así como una conciencia emergente de un bloque social alternativo y democrático en defensa de la mayoría social que padece el paro masivo, la austeridad y los recortes sociolaborales y de derechos, con una gestión política regresiva de la crisis socioeconómica, además del autoritarismo y la corrupción entre las élites dominantes. Son aspectos que aparecen como blanco de las movilizaciones y la contienda política de estos años, junto con la deslegitimación del poder financiero e institucional, incluido el europeo –la troika-. Es una dinámica social con importante impacto político-electoral que apunta a un cambio institucional significativo (Antón, 2011; 2013; 2015b, 2015c y 2016).

 

Se reconfiguran las clases sociales en su dimensión de actores y vuelven al espacio público agentes sociales y políticos con una dinámica de empoderamiento ciudadano frente a los poderosos. Se reafirma una cultura cívica de justicia social, se conforman nuevos y renovados sujetos colectivos con fuerte impacto sociopolítico, con un laborioso proceso, lleno de altibajos y vacilaciones, de conformación de una representación social, unitaria y arraigada en un amplio y diverso tejido asociativo, incluido el movimiento sindical. Todo ello, dejando al margen el conflicto territorial, ha cristalizado en el campo político, con el declive de la derecha y la socialdemocracia, la emergencia de nuevas fuerzas alternativas y la conformación de nuevos gobiernos municipales y autonómicos progresistas y de izquierda, así como un nuevo ciclo político, con el desalojo de la derecha y la etapa transitoria del nuevo Gobierno socialista aunque con el aplazamiento de la expectativa de un Gobierno de progreso en España y un cambio socioeconómico sustantivo.

 

1. Vuelven las clases sociales (o el pueblo)

 

Como dice Marina Subirats, en uno de los mejores y recientes estudios sobre las clases sociales: Las clases y capas sociales, cuya existencia pareció superada en el discurso público en un cierto momento, reclaman hoy de nuevo su protagonismo (Subirats, 2012: 23). Los sujetos sociales nunca se habían ido; aparte del movimiento sindical, ampliamente representativo (Antón, 2006a; 2011, y 2013), existía un extenso tejido asociativo, en gran parte de carácter solidario. Las clases sociales tampoco habían desaparecido, sino que han sido una referencia clave para interpretar las sociedades desarrolladas en estas últimas décadas. La existencia de las clases medias siempre ha estado presente en el ámbito político y mediático. No obstante, se habían difuminado, por un lado, los movimientos sociales y la existencia de las clases trabajadoras, con su fragmentación y pasividad, y, por otro lado, la de las élites dominantes que aparecían, sobre todo, como la representación de la voluntad popular o las portadoras del interés general. Parecía que el sistema político-electoral era el cauce fundamental y casi exclusivo para expresar las demandas populares.

 

Sin embargo, desde hace ya varios años, en España, asistimos a un cambio profundo del papel de los sujetos sociales y su impacto sociopolítico (desde el movimiento 15-M, las mareas ciudadanas o la Plataforma contra los desahucios, hasta el movimiento sindical, el feminista, el ecologista o el vecinal), con cierta disociación entre ciudadanía (indignada o crítica) y clase gobernante, gestora de la austeridad.

 

Es necesaria una nueva interpretación para ver las dinámicas de fondo del cambio social y político. Se reconfiguran las clases sociales en su dimensión de actores y vuelven al espacio público agentes sociales con una dinámica de empoderamiento ciudadano frente a los poderosos. Se reafirma una cultura cívica de justicia social, se conforman nuevos y renovados sujetos colectivos con fuerte impacto sociopolítico, con un laborioso proceso, lleno de altibajos y vacilaciones, de conformación de una representación social, unitaria y arraigada en un amplio tejido asociativo.

 

En resumen, se ha ido articulando un actor o sujeto social (una ciudadanía activa crítica), construido en torno a los dos ejes fundamentales de más justicia social y más democracia, con un sujeto político (el fenómeno Unidos Podemos y aliados), con capacidad para influir directamente en la gestión política y asumir responsabilidades institucionales. Por tanto, se ha ido conformando un sujeto que, más allá de sus características sociodemográficas (de base ‘popular’, desde sectores precarios hasta capas medias profesionales e ilustradas, con trayectorias laborales estancadas, sobre todo jóvenes), tiene un perfil sociopolítico, un comportamiento político-electoral, una actitud y cultura cívica que podemos definir como un sujeto del cambio con dos componentes inseparables: democratizador en lo político-institucional y progresista en lo socioeconómico.

 

1.1 La clase, un concepto relacional

 

El concepto clase social expresa una relación social, una diferenciación con otras clases sociales. Su conformación es histórica y cultural y se realiza a través del conflicto social. Este concepto es analítico, relacional e histórico. Existe una interacción y mediación entre posición socioeconómica y de poder, conciencia y conducta, aunque no mecánica o determinista en un sentido u otro.

 

Aquí sigo la definición de E. P. Thompson (1979) señalada en la cita inicial. Se opone a la versión determinista del marxismo ortodoxo de tipo altusseriano, habitual en la izquierda comunista, y al enfoque constructivista de ‘pueblo’ (y ‘casta’) de la teoría populista de Laclau (2013), influyente entre dirigentes de Podemos (Antón, 2014, y 2015c). El elemento fundamental para un análisis de clase ‘objetiva’, partiendo de la relevancia de la situación ‘material’ en las relaciones sociales y económicas, es el de la posición de dominio, control o posesión respecto de los medios de producción (y 5 distribución y reproducción) y la fuerza de trabajo, incluida la capacidad de decisión y gestión productiva y de los recursos humanos (y su relación con los educativos y familiares). Esta idea de clase social, por sus condiciones ‘objetivas’, anclada también en el (neo)marxismo de influencia weberiana (Wright, 1994, y 2018), aborda mejor la realidad sustantiva de las posiciones de explotación y poder en las relaciones económicas y productivas. Es significativa la diferencia entre la posesión y el control efectivo y la situación derivada de la propiedad jurídica.

 

Por tanto, la referencia principal para dividir a la población activa será esta posición sustantiva en la capacidad de dominio (o dependencia) de los medios de producción que, a su vez, tiene una vinculación con el grado de poder o autoridad efectivos y un impacto distributivo por la capacidad de apropiación y uso de los recursos económicos (el valor producido). Las dimensiones clave para este concepto de clase social, que definen la posición ‘objetiva’, son dos: las relaciones de apropiación, y las relaciones de dominación. El grado de explotación que tiene cada segmento de asalariados no viene determinado solo por la condición asalariada (frente al capital o los propietarios), sino por la posición jerárquica o de dominio y subordinación en el aparato productivo (y reproductivo), así como de su nivel retributivo o la parte del valor recibido por su fuerza de trabajo (o su capital y su poder).

 

Como decía, para definir a las clases sociales de forma completa hay que considerar sus condiciones ‘objetivas’ y su ‘conciencia social’: subjetividad, identidad, sentido de pertenencia colectiva. Comparativamente son cuestiones más fáciles de explicar y no nos vamos a detener en ello. (Una amplia descripción de la composición de las clases sociales según sus condiciones ‘objetivas’ y los cambios derivados del impacto de la crisis económica se puede encontrar en Antón, 2014 y 2015a. Y un análisis de la precariedad laboral y cómo afecta a las identidades de clase, especialmente, juveniles se analiza en Antón, 2006b y 2008.)

 

Atendiendo a las características ‘objetivas’ de la población, a su diferenciación socioeconómica y de poder, existen tres grandes clases sociales: dominante, medias y trabajadoras. Sus contornos y características están sometidos a la selección de los datos de las diferentes fuentes y a distintas interpretaciones y marcos teóricos. En otra investigación más detallada (Antón, 2014), expongo, primero, la clasificación de los individuos de la población activa por su situación profesional, tipo de ocupación y nivel de rentas; segundo, el impacto de la crisis en la composición de las clases sociales; tercero, la distribución por sexo y otras variables; cuarto, un estudio global sobre las clases en Cataluña, a partir de la investigación de M. Subirats (2012), la más completa de los últimos tiempos.

 

Como referencias intelectuales, todas ellas desde una posición democrática, progresista o de izquierdas, se pueden citar dos autores: E. P. Thompson (1977; 1979, 1981, y 1995), historiador británico riguroso y de orientación marxista, pero heterodoxo y anti-determinista, pionero en la crítica al enfoque estructuralista; y A. Touraine (2005; 2009, y 2011), sociólogo francés, que revaloriza el papel del ‘sujeto’ y los derechos humanos universales, particularmente los ‘culturales’ para hacer frente, principalmente, al conflicto étnico; no obstante, hoy es insuficiente (sus textos están escritos antes del impacto de la crisis, la austeridad y la fuerte involución social y democrática) para analizar la importancia de la nueva cuestión social y la pugna sociopolítica y cultural por los derechos sociolaborales y democráticos.

 

Se pueden añadir otros investigadores de los movimientos sociales y la contienda política (Tilly,1991; 2007, y 2010; Mc Adam et al., 1999; Mc Adam et al., 2005) que, para explicar los conflictos sociales, ponen el acento en la estructura de oportunidades políticas y los procesos culturales ‘enmarcadores’.

 

Sin embargo, para explicar la conformación e intensidad de las demandas progresistas y el carácter de los sujetos populares dejan algo de lado un aspecto fundamental: las dimensiones y características de los agravios e injusticias padecidos y la experiencia popular de su gravedad, ligada a su cultura democrática y de justicia social. Por último, cito los intentos de superación de la rigidez marxista (y weberiana) sobre las clases y sujetos sociales, haciendo alusión a los trabajos de E. O. Wrigth (1994) y E. del Río (1986). Sobre estudios concretos respecto de la estratificación social, aparte del citado de la socióloga Marina Subirats (2012), señalo los de dos españoles de reconocido prestigio en este ámbito (Requena et al, 2013; Tezanos, 2002). Aparte está la concepción constructivista o posmarxista de ‘pueblo’ de Laclau (2013).

 

En definitiva, los factores principales de diferenciación socioeconómica y de poder son tres: 1) ingresos o rentas (jerarquía económica); 2) estatus profesional u ocupacional (dominio o control) y posición en la estructura de poder o autoridad (dominación / subordinación); 3) posición (propiedad o posesión / explotación) ante los medios de producción. Corresponde, básicamente, a las prioridades analíticas de las tres corrientes convencionales: funcionalista, weberiana y marxista. Existen otros factores relacionales (sexo, origen…), estilo de vida y consumo, capacidad cultural, subjetividad... que no detallo.

 

Para el análisis de los procesos sociopolíticos habrá que combinar: 1) la 7 interpretación científica de la realidad; 2) la evaluación de las tendencias sociales, los sujetos colectivos y los escenarios sociopolíticos probables, y 3) las propuestas normativas de cambio social. No me extiendo en ello.

 

Como he adelantado, para analizar las clases sociales hay que explicar su ‘comportamiento’ o experiencia, su componente relacional: práctica social y cultural, estilos de vida, participación en el conflicto social o pugna sociopolítica. A partir de ahí es cuando se puede hacer una valoración de la conformación del nuevo sujeto transformador. Y para ello es imprescindible abordar los enfoques teóricos sobre la construcción del sujeto colectivo, que se tratan a continuación.

 

2. La experiencia popular en la construcción del sujeto (I): ideas e intereses

 

Existen distintas teorías sobre el papel y el proceso de construcción del sujeto social y político, llámese pueblo, clase o nación. Aquí, tras desechar las doctrinas convencionales, evalúo las insuficiencias de la teoría marxista tradicional o determinista y los límites del discurso populista. Defiendo un enfoque relacional y dinámico que basa la construcción de un sujeto colectivo en la experiencia de la gente en sus relaciones sociales y económicas y los conflictos sociopolíticos, evaluada por su cultura, en nuestro caso, democrática y de justicia social.

 

No es adecuada la visión atomista, individualista extrema e indiferenciada, de carácter liberal o postmoderno que, fundamentalmente, contempla a individuos aislados y diferentes entre sí, sin vínculos con otros individuos y sectores de la sociedad. La visión funcionalista también tiene insuficiencias ya que solo plantea una agregación de individuos, con la distribución en estratos continuos. Igualmente, es unilateral el idealismo, presente en enfoques ‘culturales’, porque sobrevalora la importancia de la subjetividad y el voluntarismo de la ‘agencia’ e infravalora la desigualdad socioeconómica y de poder o el peso de los factores estructurales, contextuales e históricos. Y aunque valoro los componentes identitarios de carácter nacional, étnico o de género y generacional, también considero insuficientes las interpretaciones esencialistas basadas en esos criterios ya que no analizan sus particularidades. La conformación de las identidades colectivas es diversa y compleja, con la interrelación de diversas dimensiones y con distinto impacto según su desarrollo histórico, contextual y relacional (Antón, 2006b).

 

2.1 El determinismo economicista o de clase es un idealismo

 

Me detengo en la crítica a la idea marxista más determinista o estructuralista, de amplia influencia en algunos sectores de la izquierda. No es adecuada la posición de la prioridad a la ‘propiedad’ (no la posesión y el control) de los medios de producción –la estructura económica- que explicaría la conciencia social y el comportamiento sociopolítico, así como la idea de la inevitabilidad histórica de la polarización social, la lucha de clases y la hegemonía de la clase trabajadora. El error estructuralista es establecer una conexión necesaria entre ‘pertenencia objetiva’, ‘consciencia’ y ‘acción’. El enfoque marxista-hegeliano de ‘clase objetiva’ (en sí) y ‘clase subjetiva’ (para sí) tiene limitaciones. La clase trabajadora se forma como ‘sujeto’ al ‘practicar’ la defensa y la diferenciación de intereses, demandas, cultura, participación…, respecto de otras clases (el poder dominante). La situación objetiva, los intereses inmediatos, no determinan la conformación de la conciencia social (o de clase), las ‘demandas’, la acción colectiva y los sujetos. Es clave la mediación institucional-asociativa y la cultura ciudadana, democrática, de justicia social y derechos humanos (o su contrario reaccionario). El determinismo es un idealismo. Es imprescindible superar ese determinismo económico, dominante en el marxismo ortodoxo y derivado de la influencia de Althusser (1967; 1969).

 

En ese sentido, es positiva la valoración de A. Garzón (2017) sobre la clase social, alejándose de esa posición estructuralista tradicional en los partidos comunistas y revalorizando la práctica social y política de la gente subalterna. E, igualmente, hay que superar el determinismo político-institucional (Tarrow, 2012) o el cultural (Touraine, 2005; 2009, y 2011) de otras corrientes teóricas, desarrollados, muchas veces, como reacción al primero (Antón, 2015c).

 

La clase trabajadora, a diferencia de la burguesía que controlaba ya muchos resortes de la economía en su lucha contra el Antiguo Régimen, no domina los medios de producción y distribución, ni tampoco el Estado. No puede apoyarse en el control económico que no tiene, sino en desplegar su capacidad de influencia como fuerza social, su hegemonía política en la sociedad como sujeto transformador. De ahí que su acción sociopolítica, cultural y democrática sea más decisiva. Además de ser consecuentemente partidaria de las libertades civiles y políticas y la democratización del sistema político, debe apuntar a una democracia social y económica más avanzada. Es ahí donde entra en conflicto abierto contra la desigualdad socioeconómica y los privilegios de las capas acomodadas que utilizan los resortes del poder político e institucional para defender la estructura social y económica desigual.

 

La conformación de ese sujeto es fundamental, pero no nace mecánicamente de su situación material de explotación sino de la evolución relacional e histórica de sectores sociales subordinados que se indignan frente a las injusticias, participan en el conflicto social y desarrollan la democracia.

 

2.2 Un enfoque histórico y relacional

 

Aquí, como adelantaba, adopto una visión relacional o interactiva, dinámica o histórica y multidimensional de la configuración de las clases sociales y su actuación como actores o sujetos a través de sus agentes representativos. Hay que partir de la experiencia y el comportamiento social sobre la base de intereses compartidos, demandas colectivas, relaciones sociales y expresión cultural. Estos aspectos son claves para la formación de las ‘clases’ o el ‘pueblo’ en cuanto son sujetos colectivos, como pertenencia o identidad y práctica social, o sea los ‘agentes’ o sujetos sociopolíticos.

 

No hay que quedarse en la clase ‘objetiva’ (en sí), considerando que la conciencia puede venir por añadidura, espontáneamente o de élites políticas, y desde ahí construir la clase (para sí); la existencia de una clase, un pueblo, una nación o un gran sujeto social debe comprobarse en la ‘experiencia’, en el comportamiento público, en la práctica social y cultural diferenciada, aunque no llegue a conflicto social (lucha de clases) abierto o esté combinado con consensos o acuerdos. La conciencia social se ‘crea’, sobre todo, con la participación popular masiva y solidaria en el conflicto por intereses comunes frente a los de las clases dominantes.

 

Por tanto, es imprescindible superar ese determinismo económico, dominante en el marxismo ortodoxo, así como el determinismo político-institucional o cultural de otras corrientes teóricas. En consecuencia, es importante la mediación sociopolítica/institucional, el papel de los agentes y la cultura, con la función contradictoria de las normas, creencias y valores. Junto con el análisis de las condiciones materiales y subjetivas de la población, el aspecto principal es la interpretación, histórica y relacional, del comportamiento, la experiencia (vivida e interpretada) y los vínculos de colaboración y oposición de los distintos grupos o capas sociales, y su conexión con esas condiciones. Supone una reafirmación del sujeto individual, su capacidad autónoma y reflexiva, así como sus derechos individuales y colectivos; al mismo tiempo y de forma interrelacionada que se avanza en el empoderamiento de la ciudadanía, en la conformación de un sujeto social progresista. Y todo ello contando con la influencia de la situación material, las estructuras sociales, económicas y políticas y los contextos históricos y culturales (Antón, 2017).

 

2.3 El papel de los intereses y las ideas

 

Empiezo con un ejemplo ilustrativo del papel de los intereses y las ideas en la construcción del sujeto político, valioso por su carácter sintético y procedente de una personalidad relevante de Podemos, Íñigo Errejón (Twitter, 2-4-2016) y desarrollado posteriormente (Errejón, 2016): No son los ‘intereses sociales’ los que construyen sujeto político. Son las identidades: los mitos y los relatos y horizontes compartidos. Es cierta la primera expresión, los ‘intereses sociales’ (las condiciones objetivas) no construyen el sujeto político. Admitirlo sería prueba de un burdo determinismo económico. Los intereses o las condiciones materiales (por sí solos) no construyen nada y menos una determinada dinámica social u orientación política. Es insuficiente el esquema de la relación entre ‘condiciones objetivas’ y ‘condiciones subjetivas’, y la preponderancia causal de las primeras sobre las segundas, aunque se introduzcan conceptos ambiguos como el de la determinación ‘en última instancia’ (de la infraestructura económica) o la ‘autonomía relativa’ (de la superestructura política e ideológica), que dan por supuesto la prioridad explicativa de la sociedad y su dependencia respecto de la estructura (económica).

 

Por otra parte, las identidades colectivas no son previas al conflicto, a la práctica social, y las que construyen el sujeto. Ellas mismas se crean en ese proceso y lo refuerzan. Los componentes subjetivos, los mitos, relatos u horizontes, son fundamentales para conformar un movimiento popular… en la medida que son compartidos por la gente. Entonces, con esa incorporación, se transforman en fuerza social, en capacidad articuladora y de cambio. Pero no es la subjetividad, las ideas (por sí solas), en abstracto, las que construyen el sujeto político. Sino que son los actores reales, en su práctica sociopolítica y de conflicto, en los que se encarnan determinada cultura ética y proyectos colectivos, los que se convierten en sujetos políticos y transforman la realidad. Así, esa segunda frase, sin esta precisión, denotaría una sobrevaloración de la capacidad articuladora del discurso, de las ideas transmitidas por una élite, en la construcción del sujeto político.

 

La consecuencia es que se infravalora el devenir relacional de la gente, de sus condiciones, experiencia y cultura; el sujeto no se puede disociar (solo analíticamente) de su posición social y su identidad colectiva. Es la gente concreta, sus diferentes capas con su práctica social, quien articula su comportamiento sociopolítico para cambiar la realidad. Y lo hace, precisamente, desde una interpretación y valoración de su situación social de subordinación o desigualdad, con un relato o un juicio ético, que le da sentido. Es la experiencia humana de unas relaciones sociales, vivida, percibida e interpretada desde una cultura y unos valores, y teniendo en cuenta sus capacidades asociativas, la que permite a los sectores populares articular un comportamiento y una identificación con los que se configura como sujeto social o político. Su estatus, su comportamiento y su identidad están interrelacionados mutuamente.

 

Para explicar la conformación de los sujetos sociales y el conflicto sociopolítico, hay que superar esa falsa bipolaridad abstracta (idealista), asentada por el marxismo determinista y estructuralista, y partir de la realidad de la gente, su experiencia y su interacción. Como dice uno de los mejores historiadores, E. P. Thompson (1979: 39): Ningún modelo puede proporcionarnos lo que debe ser la ‘verdadera formación de clase en una determinada ‘etapa’ del proceso… Lo que debe ocuparnos es la polarización de intereses antagónicos y su correspondiente dialéctica de la cultura.

 

En sentido estricto, los grandes sujetos colectivos se conforman en los procesos históricos con la participación en el conflicto social de sus componentes más relevantes y desde una posición e intereses específicos. Tienen un carácter relacional: la configuración de un bloque social o un campo sociopolítico se genera por la diferenciación social, cultural y política frente a otro (u otros). El aspecto fundamental de la investigación sobre las clases o capas y grupos sociales en cuanto que sujetos colectivos, de su papel como actor o agente social, debe empezar por el análisis de ese comportamiento sociopolítico de cierta polarización y su interpretación a la luz de sus valores o su cultura en determinado contexto.

 

Aquí, desechamos el enfoque determinista, dominante en muchos ámbitos, sociopolíticos y académicos, de partir de la situación material de la población, su situación objetiva, para deducir su conciencia social, sus condiciones subjetivas y, por tanto, su identificación de clase y su comportamiento social y político. La crítica a esta posición la expresa bien Thompson en esta larga y clarificadora cita:

 

Clase es una categoría ‘histórica’… Las clases sociales acaecen al vivir los hombres y las mujeres sus relaciones de producción y al experimentar sus situaciones determinantes, dentro del ‘conjunto de relaciones sociales’, con una cultura y unas expectativas heredadas, y al modelar estas experiencias en formas culturales… El error previo: que las clases existen, independientemente de relaciones y luchas históricas, y que luchan porque existen, en lugar de surgir su existencia de la lucha (Thompson, 1979: 38).

 

El determinismo, como decía, es un idealismo. Hace depender el proceso histórico de una causa explicativa, cuando la realidad es más compleja, multicausal e interactiva. El determinismo economicista, por mucho que priorice un factor material (las relaciones económicas y productivas) y su papel determinante en el desarrollo del resto de las relaciones sociales, es también idealista. Sustituye el análisis concreto, empírico, de la gente, de los pueblos o las clases sociales, en el que se combinan los diferentes componentes y tendencias sociales, por la aplicación de leyes generales abstractas que no facilitan la compresión de la realidad, sino que la distorsionan. Es lo que le ha pasado al estructuralismo más dogmático de Althusser, de amplia influencia en la izquierda comunista europea. Explica también su dificultad para analizar y adaptarse a los cambios reales de estas últimas décadas, particularmente con los procesos de los nuevos movimientos sociales, de las nuevas energías populares por el cambio social y político.

 

La utilidad y la credibilidad política y científica de ese marxismo, funcional para el estalinismo, como ya vaticinaba Thompson (1981), ha entrado en crisis, incluso como forma de legitimación de los supuestos representantes de la clase obrera. Pero de un tipo de determinismo economicista (idealista), a veces, se ha pasado a otro idealismo, incluso en el llamado post-estructuralismo o postmarxismo, en que se desprecia las realidades materiales de la gente y las estructuras económicas, medioambientales o de seguridad y sobrevaloran el papel transformador de las ideas o la subjetividad individual. Es la posición culturalista, dominante en el último Touraine (2005; 2009; 2011) o la discursiva de Laclau (2013), ambas como reacción a su posición 13 estructuralista anterior, pero con la continuidad de un enfoque idealista, aunque de distinto signo.

 

En particular, la teoría populista de Laclau (2013), cuya valoración completa se realiza en otra parte (Antón, 2015c: 179-282), en relación con este tema de la construcción del sujeto, tiene una gran insuficiencia: su ambigüedad ideológica. En el plano analítico y transformador es central explicar y apoyar (o no) el proceso de identificación y construcción de un sujeto, llamado ‘pueblo’, precisamente por su papel, significado u orientación político-ideológica, es decir, por su dinámica emancipadora-igualitaria (o nacionalista, xenófoba y autoritaria). Lo que criticamos de la teoría de Laclau es, precisamente, que se queda en la lógica política de unos mecanismos, como la polarización y la hegemonía, pero que son indefinidos en su orientación igualitaria-emancipadora si no se explicita el carácter sustantivo de cada uno de los dos sujetos en conflicto (amigo/enemigo) y el sentido de su interacción. Así, es incompleta y suele ir asociada con diversas teorías y posiciones políticas más o menos autoritarias-reaccionarias o democrático-progresistas (desde la extrema derecha a la extrema izquierda pasando por el centro y el nacionalismo).

 

La segunda insuficiencia de Laclau es que parte del proceso de conformación de las demandas ‘democráticas’ de la gente como algo dado; y a partir de ahí expone toda su propuesta (equivalencias, discurso, articulación) para transformarlas en ‘demandas populares’ frente a la oligarquía. Sin embargo, la explicación y el desarrollo de ese primer paso es clave, ya que está condicionado por todo lo que expresamos como relevante para nuestro enfoque: condiciones, estructura, cultura, experiencia, conflictos… de los actores y su sentido emancipador-igualitario. El segundo paso se convierte en ‘constructivista’. Pero, además, Laclau admite ese constructivismo, esa ‘independencia’ de las condiciones materiales y relacionales de la gente y los actores, porque lo considera una virtud (como superador del marxismo o estructuralismo). Como efecto péndulo de su crítica al determinismo, se pasa a otro extremo idealista, como Touraine, que prioriza como causa explicativa el cambio cultural del sujeto individual. En ese eje –estructura/agencia- me pongo en el medio, en su interacción, en la importancia de la experiencia de la gente, aun con sus límites (Thompson, 1981: 18 y ss.).

 

En el caso de Touraine (2005; 2009, y 2011), es insuficiente su paradigma del cambio cultural del sujeto individual, tal como detallo en el libro citado (Antón, 2015c: 93-105): expresa una parte significativa de la realidad, pero sus límites quedan más en evidencia con el impacto de la crisis sistémica, la austeridad y la fuerte involución social 14 y democrática, junto con las nuevas dinámicas de desigualdad, subordinación individual y segregación. Especialmente, no permite explicar adecuadamente los actuales procesos de protesta social progresista y la reconfiguración de los campos sociopolíticos y electorales. Sus textos principales están publicados en Francia antes de esos cambios relevantes, en los años 2005 y 2007, y parte de ellos ha quedado rápidamente envejecida. Su investigación publicada el año 2011, posterior al inicio de la crisis, incorpora algunos hechos e ideas de interés, pero los sigue enmarcando en su enfoque cultural. Para la realidad actual, su mirada todavía es más unilateral para analizar la importancia de la nueva cuestión social, la conformación de sujetos y movimientos sociales y la pugna sociopolítica y cultural por los derechos económicos, sociolaborales y democráticos. Su reciente investigación no supera ese enfoque.

 

Por tanto, junto con el cambio ‘cultural’ individual, es cada vez más perentoria la acción individual y colectiva por la transformación de sus vínculos y relaciones sociales y la participación en movilizaciones populares progresistas que pugnen por el cambio social y político y la defensa de los derechos humanos, al mismo tiempo que profundizan en el cambio cultural y procuran el desarrollo personal y la autoafirmación de sus participantes. Por tanto, habrá que reafirmar el realismo analítico y desechar el determinismo, el culturalismo y el idealismo discursivo, integrando la pugna de intereses y los conflictos de valores de la gente en una visión más relacional y dinámica: Cada contradicción es tanto un conflicto de valor como un conflicto de intereses; que en el interior de cada ‘necesidad’ hay un afecto, una carencia o ‘deseo’ en vías de convertirse en un ‘deber’ (o viceversa; que toda lucha de clases es a la vez una lucha en torno a valores; y que el proyecto del socialismo no viene garantizado por NADA –por supuesto no por la ‘Ciencia’ o el marxismo-leninismo-, sino que solo puede hallar sus propias garantías mediante la ‘razón’ y a través de una abierta ‘elección de valores’ (Thompson, 1981: 263).

 

En conclusión, se ha abierto una nueva etapa sociopolítica en España. El cambio se conforma con la suma e interacción de tres componentes: 1) La situación y la experiencia popular de empobrecimiento, sufrimiento, desigualdad y subordinación. 2) La participación cívica y la conciencia social de una polarización (social y democrática) entre responsables con poder económico e institucional y mayoría ciudadana. 3) La conveniencia, legitimidad y posibilidad práctica de la acción colectiva progresista, 15 articulada a través de los distintos agentes sociopolíticos y la conformación de un electorado indignado, representado mayoritariamente por Unidos Podemos y sus aliados. A continuación, valoro la transversalidad y su relación con la igualdad y la hegemonía.

 

3. La experiencia popular en la construcción del sujeto (II): transversalidad, igualdad y hegemonía

 

En la sección anterior he explicado la importancia de la experiencia popular en la construcción de un sujeto colectivo (llámese clase, pueblo o nación) y la relación entre intereses e ideas en la articulación de ese proceso. En esta parte me centro en el alcance de la transversalidad entre izquierda y derecha, señalando la relevancia de la igualdad y la democracia, y en el análisis sobre el papel del discurso y la hegemonía (Antón, 2015c).

 

3.1 Transversalidad e importancia de los valores igualitarios y democráticos

 

La existencia de una ideología completa y cerrada no es positiva, pero sí es necesario algo de doctrina, normativa, estrategia, ideas y valores o propuestas políticas que enlacen con la cultura ciudadana (o conciencia social) y una actividad articuladora de élites o representantes ‘populares’ (en la tradición marxista eran vanguardias). Los grandes valores o ideas clave (igualdad, libertad, solidaridad, democracia, laicismo…) de la historia ilustrada y la mejor izquierda democrática reflejan el esfuerzo colectivo y el proyecto transformador de amplias capas populares, forman parte de su experiencia y su cultura para cambiar las dinámicas de fondo de desigualdad, dominación y subordinación. No son significantes vacíos sino componentes fundamentales de un proyecto emancipador-igualitario, elementos de identificación para construir un ‘pueblo’ liberado de las oligarquías autoritarias.

 

La construcción de un sujeto sociopolítico, su identificación como pueblo (libre e igual), está ligada a su propio comportamiento y su experiencia articuladora del conflicto… por la igualdad y la libertad… frente a las oligarquías y el autoritarismo. En ese sentido, es similar y recoge las mejores tradiciones democráticas, igualitarias y emancipadoras de las izquierdas y otros movimientos de liberación popular. Están justificadas las reservas a la denominación ‘izquierda’ (política) al estar asociada a la última evolución socioliberal de la socialdemocracia (o al autoritarismo de los regímenes del Este). 16 Pero como dice Mouffe (2015), aludiendo a Bobbio, el valor de la igualdad es clave como identificación de la(s) izquierda(s). Es una seña de identidad diferenciada del populismo de ‘izquierda’ frente al populismo de ‘derecha’.

 

No hay ‘un’ populismo; sus rasgos comunes son lo secundario, y algunos de ellos similares a los de otras corrientes políticas. Hay, como mínimo, dos populismos, diferenciados por lo sustancial, su significado ético-político: democrático-igualitario o autoritario-segregador. Y el llamado populismo de izquierdas (al igual que la izquierda social) debe basarse en la igualdad, en la defensa democrática de los derechos políticos, civiles, sociales y laborales de las mayorías populares.

 

El problema que tiene esa teoría populista es que, precisamente, debe construir un relato, un mito, para profundizar en la trayectoria igualitaria-emancipadora, de las mejores experiencias democráticas y populares. Dicho de otra forma, el eje izquierda/derecha, en cuanto a identificación política, es confuso, ya que incorpora dos realidades contraproducentes para una dinámica democrática y de igualdad: el giro socioliberal o centrista de la socialdemocracia y la tradición autoritaria de los regímenes comunistas del Este. Mucha gente asocia esa referencia izquierda (social) a una posición progresiva en la política económica y fiscal y defensora de los derechos sociales y laborales y el Estado de bienestar. Y es bueno que por ello se auto-ubique ideológicamente en la izquierda.

 

No obstante, es positiva la ‘transversalidad’ respecto de esa denominación como cuestión determinante en la identificación política y electoral. La principal es la apuesta por el continuismo o por el cambio. La cuestión es que no es irrelevante la identificación político-ideológica de la gente en torno al eje de fondo igualdad/desigualdad o, si se quiere, intereses de los de abajo y los de arriba, o bien, de la democracia y la oligarquía. En estos campos no es adecuada la transversalidad, como indefinición o posición intermedia entre los dos polos. La apuesta por un polo debe estar clara: la igualdad, los de abajo, la democracia. Muchas personas pueden estar menos ‘ideologizadas’ en esos aspectos o tener posiciones intermedias. Pero la línea de identificación alternativa pasa por su posicionamiento en esos campos democráticos-igualitarios frente a los grandes poderes regresivos. Es lo que en el actual proceso de indignación se ha conformado, superando, las viejas representaciones de las élites socialistas, liberales o comunistas.

 

Es fundamental la conformación ‘ideológica’ o cultural de la gente en ese eje de contenido sustantivo, hacia los valores y actitudes de un polo del conflicto (igualdad, libertad, democracia, intereses y demandas de la gente) y frente a otro (desigualdad, 17 dominación, autoritarismo, privilegios de las oligarquías). En estos planos es negativa la transversalidad como indefinición ante ellos, eclecticismo o posición intermedia; al contrario, es positiva la educación y la identificación cívica con esos valores y estrategias fundamentales, basadas en los derechos humanos, la justicia social o la emancipación. Eso quiere decir que la construcción de un sujeto emancipador (el pueblo o el sujeto del cambio) no se puede disociar de esa experiencia social y esa cultura igualitaria y democrática.

 

La construcción del ‘pueblo’ no se puede quedar en la afirmación de un mecanismo identificativo (la polarización con el adversario) o el llamamiento a la importancia de los mitos y relatos, desconsiderando los intereses y demandas de la gente en la contienda política y su papel y significado. Por ejemplo, una sobrevaloración del papel del discurso es la afirmación de P. Iglesias en el programa de TV La Tuerka, sobre Podemos y el populismo (noviembre de 2014): La ideología es el principal campo de batalla político. Por supuesto, es importante la batalla de las ideas, la hegemonía cultural y por el ‘sentido común’. Podemos ha conseguido ser reconocido como su representación política por una gran parte de la ciudadanía indignada. Y en ello ha tenido un papel central su discurso y su liderazgo. Sus propuestas han conectado con la experiencia y las aspiraciones de gente descontenta, han sabido presentarse como cauce institucional de esas demandas y se ha modificado el sistema político.

 

No obstante, esa base social, en gran medida, estaba ‘construida’, incluso con sus ideas clave, o sea, con una hegemonía cultural: más democracia, menos recortes y más derechos sociales (igualdad). La conformación de ese nuevo campo político ha sido posible por la masiva pugna sociopolítica de la ciudadanía activa española, democrática en lo político y cultural y progresista en lo social y económico, frente a las graves consecuencias de la crisis económica y las políticas de austeridad de las direcciones del PSOE y luego del PP, que habían quedado desacreditadas. El sentido común básico de justicia social y democratización, junto con el apoyo a dinámicas de cambio de progreso, ya estaba asumido por amplios sectores de la ciudadanía indignada. Su cultura, su relato y su identificación dentro de la polarización política (la gente descontenta frente a los poderosos) ya estaban asumidos por millones de personas y reafirmados por esa experiencia popular.

 

El nuevo paso del fenómeno Podemos (y sus aliados y confluencias) ha consistido en crear un nuevo instrumento representativo como cauce de ese proceso popular y esas demandas cívicas, con suficiente representatividad y credibilidad. Ello permite promover y visualizar el cambio institucional, ofrecer nuevas oportunidades de cambio social y político y reforzar ese campo o sujeto sociopolítico. Esa tarea específica de representación política desborda el ámbito ideológico y, aun con el componente cultural aludido, es fundamentalmente político-institucional. La prioridad jerárquica y determinante de esa expresión, precisamente para todo el periodo anterior y posterior, tiende a infravalorar, como si fuera secundario, el campo propiamente de las relaciones sociales y los conflictos políticos: el proceso real de construcción de ese movimiento popular; la articulación del amplio electorado indignado; el cambio del sistema político e institucional y la propia delegación ciudadana en unas élites representativas; así como las pugnas ciudadanas por sus intereses y demandas sociales, económicas y democráticas. Son aspectos políticos, socioeconómicos e institucionales que están pasando a un primer plano.

 

3.2 Papel del discurso y hegemonía

 

Antes he comentado una cita de I. Errejón, revalorizando el papel de los mitos frente a los intereses materiales. Veamos otro ejemplo: En la política las posiciones y el terreno no están dados, son el resultado de la disputa por el sentido (Errejón y Mouffe, 2015: 46). Para él el sujeto es construido por el discurso, previamente solo hay una realidad amorfa de la gente. No valora la posición intermedia y superadora de la dicotomía intereses/ideas (o estructuralismo/post-estructuralismo) aquí planteada de que el sujeto se conforma con su experiencia relacional, con su práctica social, política y cultural diferenciada. Es cierto que las posiciones políticas no son ‘naturales’ ni están predeterminadas por condiciones ‘objetivas’; están conformadas y sujetas a cambio por el comportamiento de la gente y los distintos sujetos activos. La cuestión es que son resultado no solo de la disputa por el sentido, sino por la pugna en las relaciones de fuerza y de poder, además y en conexión con la legitimación social o hegemonía cultural.

 

La acción por la hegemonía político-cultural o ideológica es importante. Aunque ya hay alusiones en el propio Marx, ese concepto lo ha desarrollado Gramsci (1978; 2011) y, ahora, Laclau (2013, y junto con Mouffe, 1987). Ambos resaltan la cultura nacional-popular, aunque con planteamientos distintos. Digamos que en la construcción del ‘pueblo’, el primero conserva parte de un enfoque ‘determinista’ (posición objetiva de las clases sociales, lucha de clases) sobre el papel de eje hegemónico de la clase trabajadora, y el segundo, defiende una mirada ‘constructivista’ (discursos, significantes vacíos) en la configuración identitaria y hegemónica de ese pueblo. Los cambios culturales y de mentalidad son fundamentales para las fuerzas progresistas cuya capacidad transformadora depende más del tipo de subjetividad, valores e ideas incorporados por las capas populares para desarrollarlos como capacidad de cambio social y político. No lo son tanto para los poderosos y las élites dominantes que cuentan con el control de los recursos económicos e institucionales, aunque también se vean influidos por el grado de legitimidad pública o consenso representativo respecto de su poder o el orden desigual existente.

 

Desde una óptica popular, el cambio cultural precede, se combina y se refuerza con el cambio político, cultural y de las estructuras económicas, con la experiencia cívica compartida en el conflicto social frente a unas relaciones de dominación. Como dice Thompson (1979: 38), los sujetos colectivos surgen de la lucha sociopolítica, de su vida y experiencia en el conjunto de relaciones sociales, modeladas por su cultura.

 

Por otro lado, el discurso articulador de un proceso igualitario-emancipador no se construye con significantes vacíos, funcionales solo para representar a la gente desde la ambigüedad. El sentido de esos significantes y la orientación de su papel constructivo son fundamentales. Y esos valores son clave para definir el camino y el proyecto. El asunto es que esos grandes objetivos globales y transformadores hay que rellenarlos con estrategias, programas y relatos y, sobre todo, con una experiencia popular, participación democrática o articulación masiva en el conflicto social y político de carácter emancipador-igualitario.

 

El término izquierda además de confuso (ampara élites y actuaciones regresivas y prepotentes) es restrictivo (deja fuera a gente progresista, democrática y anti-oligárquica). La palabra ‘izquierda’ se puede resignificar, según propone Mouffe (2015), particularmente en el ámbito de la izquierda social, donde su significado está más asociado a la experiencia popular europea de tradición democrática y defensora de los derechos sociales y laborales de las capas populares, el papel de lo público y el Estado de bienestar. Pero en el campo político-institucional es más dificultoso, dada la deriva socioliberal de la socialdemocracia y su ambivalencia.

 

No obstante, sigue siendo positiva y fundamental la tradición igualitaria, emancipadora y solidaria de la(s) izquierda(s) democrática(s) europea(s), aunque no exclusiva de las mismas. Ahí entra la rica experiencia de movimientos sociales emancipadores. La solución es triple: superar, renovar y reforzar elementos de esa tradición de izquierdas. Y, específicamente, levantar un nuevo relato, una nueva aspiración, con una nueva denominación.

 

Pero no es suficiente una alternativa procedimental (polarización, hegemonía) o sociodemográfica (abajo/arriba). Debe incluir, para fortalecer su sentido democrático, emancipador e igualitario, esos valores ilustrados, progresistas y de izquierda y adecuarlos a la tarea de construcción de un movimiento popular (nacional-solidario) progresivo, es decir, cuya expresión enlace con sus demandas y aspiraciones de progreso. Ese ideario-proyecto, con el horizonte de una democracia social en una Europa más justa y solidaria, está por desarrollar.

 

4. Conclusión

 

Se ha generado un espacio distinto de la actual y vieja socialdemocracia europea, con su dinámica dominante socioliberal (de ‘tercera vía’ o ‘nuevo centro’), para configurar un nuevo sujeto político con una orientación y un papel ‘social’ y ‘democrático’. Se conforma un nuevo eje articulador de las identidades colectivas en torno a posiciones, intereses e ideas favorables a la igualdad/democracia/capas populares frente a la desigualdad/autoritarismo/minorías oligárquicas, con el ascenso de la extrema derecha xenófoba. Es decir, la polarización sociopolítica y cultural, con zonas intermedias y mixtas, tiene un contenido sustantivo de carácter político-ideológico. Se supera la posición de transversalidad o neutralidad ideológica, se recogen las mejores tradiciones de la izquierda democrática y otros sectores progresistas; pero, sobre todo, se afirma un nuevo proyecto-ideario emancipador cuya denominación y perfil está por contrastar. Es fundamental un discurso o un pensamiento crítico que, conectado a la experiencia democratizadora, de oposición a los recortes sociales y defensa de los derechos y demandas populares, pueda favorecer la construcción de una identificación popular democrática-igualitaria-solidaria.

 

Dicho de otro modo, el perfil del nuevo sujeto popular y cívico debe basarse en la igualdad y la democracia, aunque se distancie de determinadas posiciones ideológicas, completas y cerradas, de las izquierdas (u otras corrientes), hoy contradictorias y superadas o, bien, se acerque a otras tradiciones, algunas de la propia izquierda democrática, social o política. Se trata de profundizar el republicanismo cívico y el carácter social-igualitario de la democracia.

 

En definitiva, en la construcción de la identidad ‘pueblo’ o ‘clases trabajadoras’, del sujeto popular transformador, hay que combinar los dos planos –intereses (populares) y discursos (emancipadores)- de la experiencia popular y la cultura cívica, junto con la afirmación (no la indefinición) del primer polo, progresivo, de cada eje: abajo / arriba; igualdad / desigualdad; libertad / dominación; democracia / oligarquía; solidaridad / segregación.

 

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