La interpretación populista del movimiento popular

IV JORNADAS INTERNACIONALES DE SOCIOLOGÍA DE LA AMS

Análisis y propuestas de la Sociología actual

Asociación Madrileña de Sociología (AMS)

21 y 22 de septiembre de 2017

 

Área de trabajo: Movimientos sociales

 

 

COMUNICACIÓN

 

La interpretación populista del movimiento popular

 

ANTONIO ANTÓN MORÓN

Universidad Autónoma de Madrid

antonio.anton@uam.es

 

Una versión se publica en el libro Una mirada desde la Sociología actual: análisis y propuestas del contexto actual, editado por la Asociación Madrileña de Sociología (AMS) (2018) (pp. 369-401).

 

 

RESUMEN

 

El análisis de los movimientos sociales y la acción colectiva debe tener en cuenta tres elementos: 1) estructura de oportunidades políticas; 2) razones o contenido de las protestas, y 3) cultura sociopolítica. Es fundamental la mediación sociopolítica-institucional, el papel de los agentes y la cultura. Junto con el análisis de las condiciones materiales y subjetivas de la población, el aspecto principal es la interpretación, histórica y relacional, del comportamiento, la experiencia y los vínculos de colaboración y oposición de los distintos grupos o capas sociales, y su conexión con esas condiciones y los contextos históricos y culturales.

En las ciencias sociales existen muchas ideas razonables y hay que partir de ellas. Pero el acento hay que ponerlo en su renovación y en la superación de sus principales errores y límites, en el análisis concreto y la elaboración de una nueva interpretación de los hechos sociales actuales. Ese esfuerzo teórico, analítico y crítico, es necesario para interpretar la nueva realidad sociopolítica, en particular, el proceso de indignación y protesta social y los nuevos reequilibrios del espacio político-electoral e institucional; y es todavía más perentorio desde el punto de vista normativo o de estrategia política.

Aquí, se valora críticamente la teoría populista, dada su relativa novedad y su impacto en dirigentes de Podemos, eje de las llamadas fuerzas del cambio en España. Se explican sus dos características principales: el antagonismo compatible o transversal respecto de distintas ideologías y su idealismo discursivo o post-estructuralista. 

 

Palabras clave: Teoría populista, sujeto, antagonismo, hegemonía, idealismo discursivo.


 

ÍNDICE

 

0.    Introducción

1.    El populismo como antagonismo compatible con distintas ideologías

2.    Importancia del sujeto: Hermenéutica social y realismo crítico

3.    Diferenciar los distintos populismos por su sentido

4.    Pugna por el sentido y/o por el poder

5.    Crítica al idealismo discursivo o posmoderno

6.    Conclusiones: Un nuevo enfoque crítico, social y realista

7.    Bibliografía

 


 

0.    INTRODUCCIÓN

 Esta investigación no tiene por objeto el análisis concreto del reciente movimiento popular en España, realizado en otros textos (Antón, 2011; 2013a; 2014; 2015a; 2015b; 2016, y 2018), sino partiendo de ese contexto sociopolítico, explicar críticamente los fundamentos de la interpretación populista: polarización política, ambigüedad ideológica, idealismo discursivo. La evaluación de este enfoque es relevante en la medida que influye en dirigentes significativos de Podemos, eje vertebrador de las fuerzas alternativas. La valoración la realizo, fundamentalmente, en el plano teórico. No obstante, la finalidad es doble. Por un lado, aportar reflexiones para renovar una teoría alternativa con un enfoque realista y crítico, desde la constatación de una pluralidad de tendencias ideológicas y políticas en las llamadas fuerzas del cambio. Por otro lado, señalar la conexión y las insuficiencias del marco teórico, a la hora de servir de apoyo a la transformación de la realidad, con la finalidad de favorecer una estrategia política de cambio. Es decir, el objetivo es explicar los elementos teóricos que facilitan o perjudican la comprensión de los procesos actuales y la acción estratégica de las fuerzas alternativas progresivas.

 

1.    EL POPULISMO COMO ANTAGONISMO COMPATIBLE CON DISTINTAS IDEOLOGÍAS

 

Lo específico del populismo es la interrelación de dos elementos constitutivos: antagonismo entre dos polos (nosotros / ellos; pueblo / élites) e idealismo discursivo post-estructuralista. En una edad temprana ya lo planteaba Ernesto Laclau (la negrita en las citas es mía):

 

Lo que transforma a un discurso ideológico en populista es una peculiar forma de articulación de las interpelaciones popular-democráticas al mismo. Nuestra tesis es que el populismo consiste en la presentación de las interpelaciones popular-democráticas como conjunto sintético-antagónico respecto de la ideología dominante (Laclau, 1978: 191).

 

El tipo de sujeto del cambio o base social populista, así como el del poder establecido, son indeterminados. El carácter político-ideológico de ambos y sus condiciones materiales o sociodemográficas, es decir, sus intereses, demandas, experiencia, cultura o perfil sociopolítico son secundarios. Lo sustantivo es su carácter antagónico, su polarización con el adversario para una ‘transformación sustancial del bloque de poder’: 

 

Basta que una clase o fracción de clase requiera para asegurar su hegemonía una transformación sustancial del bloque de poder para que una experiencia populista sea posible. Podemos señalar en este sentido un populismo de las clases dominantes y un populismo de las clases dominadasPara los sectores dominados, la lucha ideológica consiste en expandir el antagonismo implícito en las interpelaciones democráticas y en articularlo al propio discurso de clase. La lucha de la clase obrera por su hegemonía consiste en lograr el máximo posible de fusión entre ideología popular-democrática e ideología socialista. En este sentido, un populismo socialista no es la forma más atrasada de ideología obrera, sino su forma más avanzada (Laclau, 1978: 202-203).

 

Ambos populismos tendrán un sentido político y un discurso contradictorios, de ahí su diferenciación temprana en función de si está constituido o favorece a las clases dominantes (como el fascismo o las derechas) o a las clases dominadas (como el socialismo o las izquierdas). Pero, ante todo, el autor destaca el elemento común: el antagonismo como lógica política para transformar el bloque de poder: de una clase o fracción de clase emergente frente a otra clase o capa dominante o establecida.

Por otra parte:

 

El populismo no es la superestructura necesaria de ningún proceso social o económico (Laclau, 1978: 207)… El populismo como inflexión particular de las interpelaciones populares no puede constituir nunca, por tanto, el principio articulador de un discurso político, aun cuando pueda constituir un rasgo presente en el mismo. Es precisamente este carácter abstracto del ‘populismo’ el que permite su presencia en la ideología de las clases más diversas (Laclau, 1978: 228).

 

Es decir, el populismo no es una ideología (liberal, conservadora, republicana, socialista, marxista, reaccionaria o nacionalista…), ni un principio articulador de un discurso político. Es una ‘lógica política’ de confrontación, tal como confirma Laclau (2013) durante las siguientes cuatro décadas, compatible con cada una de esas ideologías o proyectos políticos polarizados. La diferenciación de esa lógica o teoría del conflicto es con la teoría del consenso o la armonía social y política, presentes en el funcionalismo conservador o el racionalismo liberal. La confrontación de esa ‘dialéctica hegeliana del conflicto’ es frente a la visión ‘unitarista’ o de consenso uniformizador: “Negar el carácter ineliminable del antagonismo y proponerse la obtención de un consenso universal racional tal es la auténtica amenaza a la democracia (Mouffe, 2003: 37).

Por tanto, siguiendo con Laclau: “el grado de ‘populismo’, por consiguiente, dependerá de la naturaleza del antagonismo existente entre la clase que lucha por su hegemonía y el bloque de poder” (1978: 230).

Aquí, hace depender el grado de populismo del nivel de radicalidad y generalización del antagonismo, no tanto del ‘carácter’ sustantivo o político-ideológico del proceso de conflicto entre ambos contendientes. Aunque más adelante matiza: “No hay socialismo sin populismo, pero las formas más altas de populismo sólo pueden ser socialistas” (1978: 231). Es decir, el ‘mejor’ populismo sería el que genera un cambio radical del sistema capitalista y la conformación de una nueva clase hegemónica de tipo popular-democrático o de izquierdas.

Laclau es partidario de un populismo ‘socialista’. Igualmente, Chantal Mouffe (2003; 2007; 2012, y et al. 2015) defiende un populismo de ‘izquierda’, con una resignificación de esos conceptos. Así,

 

El verdadero problema con los defensores del ‘centro radical’ estriba, en mi opinión, en su pretensión de que la división entre izquierda y la derecha, un elemento heredado de la ‘modernización simple’, ha dejado de ser relevante en los tiempos de la ‘modernización reflexiva’… El enfoque de la tercera vía es incapaz de aprehender las conexiones sistémicas que existen entre las fuerzas del mercado global y la diversidad de problemas desde la exclusión social hasta los riesgos medioambientales- a los que pretende enfrentarse… En consecuencia, en lugar de abandonarlas (izquierda/derecha) por anticuadas, es mejor redefinir esas categorías (Mouffe, 2003: 123).

 

Ambos autores son conscientes de la orfandad programática y teórica del populismo al reducirlo a una lógica política de antagonismo y exponen su particular complemento político-ideológico preferente. Sin embargo, sobre todo en Laclau, insisten en utilizar el mismo significante de populismo para englobar todas las variantes de conflictos, incluso las más contrapuestas, por ese elemento común del antagonismo.

En la amplia cita siguiente, Laclau explica ya que lo populista, como presentación antagonista de las interpelaciones populares, es solo un elemento parcial de una ideología o proyecto transformador:

 

Se ve, así, por qué es posible calificar de populistas a la vez a Hitler, a Mao o a Perón. No porque las bases sociales de sus movimientos fueran similares; no porque sus ideologías expresaran los mismos interese de clase, sino porque en los discursos ideológicos de todos ellos las interpelaciones populares aparecen presentadas bajo la forma de antagonismo y no sólo de diferencia… esta presencia (del antagonismo) es la que intuitivamente se percibe como constitutiva del elemento específicamente populista en la ideología de los tres movimientos… Queda claro, pues: 1) que lo populista de una ideología es la presencia de las interpelaciones popular-democráticas en su antagonismo específico; 2) que el conjunto ideológico del que el populismo es sólo un momento consiste en la articulación de ese momento antagónico a discursos de clase divergentes (Laclau, 1978:205).

 

Laclau, ya en su época temprana, es consciente de la confusión generada por nombrar, con el mismo significante de populismo, a tendencias sociopolíticas tan contrapuestas y contradictorias como el fascismo o el socialismo. Así,  al final de su libro, expone:

 

Para concluir, debemos responder a la siguiente pregunta: ¿por qué no limitar el uso del término ‘populismo’ al segundo caso [de derechas] que hemos analizado, y adoptar una terminología diferente para referirnos a aquellas experiencias en que las interpelaciones populares radicalizadas han sido articuladas con el socialismo? Aparentemente éste sería el camino más sensato dadas las connotaciones peyorativas con las que el término ‘populismo’ aparece generalmente asociado. Pienso, sin embargo, que ésta no sería una decisión correcta, ya que oscurecería la universalidad de la premisa básica constituida por la doble articulación del discurso político, y podría conducir a la ilusión de que las interpelaciones populares presentes en el discurso socialista han sido ‘creadas’ por este discurso y están ausentes de la ideología de las clases dominantes. Ésta sería la vía más segura para recaer en el reduccionismo de clase. Por el contrario, afirmar la relativa continuidad de las interpelaciones populares frente a las articulaciones discontinuas de los discursos de clase, es el único punto de partida válido para un estudio científico de las ideologías políticas (Laclau, 1978: 233).

 

En estas ideas, que mantiene desde entonces a lo largo de toda su vida, Laclau prioriza la supuesta superioridad intelectual del populismo como mecanismo antagónico universal, válido para interpretar toda la realidad social (conflictiva), así como su constructivismo discursivo como medio de construir identidad de pueblo. Ello aunque las dinámicas del conflicto signifiquen procesos, intereses y objetivos distintos o contrapuestos, con la inevitable confusión política e interpretativa. El resultado es que realza un componente ‘procedimental’ de su teoría (antagonismo) para revalorizar su aplicación más universal, a costa de mantener un ‘ecumenismo ideológico’ o indefinición política que lo hace más inoperativo en términos interpretativos, programáticos y estratégicos igualitarios-emancipadores (o regresivos-autoritarios). O sea, prioriza la existencia de un mecanismo parcial (la presentación antagónica del discurso o las interpelaciones) como demostración del supuesto estatus interpretativo superior y, por tanto, poder alcanzar por esa vía mayor legitimidad, cuando lo que pierde es capacidad normativa o transformadora.

La consecuencia es el embellecimiento de ese voluntarismo discursivo del antagonismo, de sus efectos identificadores en la construcción de un sujeto de cambio y, por tanto, su trascendencia política. A cambio, infravalora el sentido político del movimiento popular real, cuyo contenido principal lo da el carácter de sus demandas y su comportamiento frente al poder, su práctica social y política interrelacionada con su posición socioeconómica, su diferenciación cultural y su experiencia sociopolítica.

A través de la generalización del método del idealismo dialéctico o postmodernismo antagonista, considera Laclau que está en posesión de la verdad de cómo se conforma la historia y los procesos hegemónicos. Igualmente, cree que su posición ofrece mejores garantías de ganar el poder político, pero por parte de un pueblo ‘indeterminado’ y compatible con dinámicas y proyectos con sentidos políticos distintos y contrapuestos. Para él, para ese pensamiento postmoderno, lo sustantivo es secundario, y la lógica procedimental lo fundamental que da razón a todo populismo (de derechas, izquierdas, etnopopulismo, autoritario, democrático, etc.). La prioridad por resaltar, dar pertenencia o identidad a esa afinidad común metodológica distorsiona la configuración del campo de los aliados y los adversarios. Junta en el ‘nosotros’ a amigos indeseables (Trump o Le Pen) y en el ‘ellos’ a posibles aliados (la socialdemocracia crítica o la izquierda tradicional). Pero, además de la confusión analítica, ética y estratégica, ese enfoque procedimental de apariencia ganadora, sin complemento sustantivo, es inoperativo políticamente.

El pronóstico de la adivinación de la historia con la supuesta tendencia imparable de la desafección popular completa de las élites llamadas tradicionales y su sustitución por nuevas fuerzas populistas (izquierdistas, derechistas o centristas), infravalora la pugna real, pero incierta en sus resultados, de las capas populares frente a las auténticas clases dominantes controladoras del poder económico financiero y político-institucional. Se piensa que la hegemonía política se ventila en el campo cultural en el que el populismo (su dimensión pasional) jugaría con ventaja. Se olvidan las diferencias sustantivas en la pugna por conquistar la hegemonía política y cultural entre dos dinámicas históricas diferenciadas.

Por una parte, la dinámica ascendente de la burguesía emergente frente al Antiguo Régimen que construyó su hegemonía política tras, al menos, tres siglos de pugna ética y cultural sobre la base de una estructura económica mercantil propia y avances sucesivos en el control político, institucional y estatal.

Por otra parte, las tendencias populares o socialistas que no tienen, prácticamente, controles económicos previos y solo un poco de capacidades institucionales. Así, deben configurarse como fuerza social, política e institucional, apoyada democráticamente en las mayorías ciudadanas. Para ese bloque histórico, al decir de Antonio Gramsci (1978, y 2011), su cultura y su subjetividad son fundamentales, pero en la medida que se integra con la experiencia y el comportamiento sociopolítico de las mayorías cívicas que es lo que le da consistencia y capacidad transformadora y de poder. La sociedad, el sujeto sociopolítico, la democracia, es lo principal y el punto de partida para el acceso al control institucional-estatal y luego al económico.

Y uno de los grandes problemas actuales es la transformación de los sistemas de gobernanza y la autonomía de los grandes poderes económico-financieros, con la globalización desregulada, que dificulta la capacidad de la acción democrática y la soberanía popular desde las instituciones y el Estado, aunque en nuestro caso europeo esté paliada por la conformación de una Unión Europea con mayores recursos de poder (Jessop, 2008, y 2015).

La ilusión postmoderna de dilución de las estructuras de poder crearía un escenario ventajoso en el que generar una nueva fase de polarización discursiva entre el populismo de derechas o autoritario-regresivo y el populismo de izquierdas o democrático-progresivo. La estrategia política se simplificaría con la creación de un discurso ganador, articulador o representativo de las demandas populares. No haría falta insistir en el análisis concreto de la situación concreta. Sobraría la realidad (real). La realidad se construiría con y desde la idea previa: estaríamos con el idealismo de Platón frente al realismo y la ética de Aristóteles.

La posición de idealismo rígido no significa desprecio por las cosas materiales y, principalmente, del poder sino todo lo contrario, su completa subordinación a su idea. La versión fanática lo considera el medio más directo y voluntarista para el control instrumental del poder y las estructuras sociales. Su problema es que debe partir de una posición institucional de ventaja y se encamina a una dictadura de la élite, con una autoridad de la que emana el proyecto hegemonista para que encaje en la realización de esa idea o mito. Es la inversión totalitaria del antagonismo idealista de Carl Schmitt que critica José Luis Villacañas (2008). Su finalidad: legitimar el liderazgo propio ante ‘su’ pueblo con la creencia de la posesión de un mecanismo infalible para ganar poder y (supuestamente) beneficiarlo.

Esa teleología abstracta la hemos visto en el seno de todas las ideologías supuestamente liberadoras: liberalismo, marxismo, nacionalismo, conservadurismo y populismo. Este último reducido a lógica política procedimental y, por tanto, más ecléctico o líquido respecto del contenido de los grandes proyectos de cambio (o continuidad del orden establecido). Pero la otra cara de la moneda es que esa simple lógica política está necesitada de ser complementada por una u otra doctrina política, total o parcialmente y con mezclas distintas, así como por el apoyo fáctico de unos u otros bloques sociales, económicos, nacionales y de poder que están imprecisos y se escogen puntualmente. La enseñanza para corregir ese idealismo postmoderno: realismo crítico,  arraigo con la gente común y calidad ética, democrática y política con los valores universalistas de libertad, igualdad y fraternidad.

 

2.    IMPORTANCIA DEL SUJETO: HERMENÉUTICA SOCIAL Y REALISMO CRÍTICO

 

Esta reflexión matizando el carácter relativo, relacional e histórico del antagonismo (o del agonismo adversarial), debe ser completada con el análisis del otro componente populista: su idealismo discursivo o postmoderno. En primer lugar, vinculado con el antagonismo, empiezo por una valoración crítica. Luego explico mi enfoque social y crítico.

Si la política, según el enfoque populista, se basa en el antagonismo, con la conformación de identidades colectivas contrapuestas y éstas se construyen a través del discurso, nos encontramos con que la radicalización del discurso, la retórica y la comunicación son centrales. Si la construcción de realidad se realiza solo (o fundamentalmente) a través de las ideas, la expresión radical o antagónica de esas ideas se convierte en la tarea política fundamental, infravalorando la conexión con las ‘cosas sociales’ (Beltrán, 2016). Éstas no existirían al margen de su interpretación y nominación. Ese idealismo postmoderno, que viene de Nietzsche, se incorpora a la razón populista de Laclau, matizada por Mouffe.

Lo que me interesa recalcar es que, así, la acción política se desliza hacia la prioridad de la pugna cultural, a conseguir la hegemonía ideológica en base a discursos polarizados y en detrimento de las prácticas masivas de la gente. Los excesos del antagonismo verbal o comunicativo, sin confrontación ni participación de las mayorías sociales, suplen los defectos de la ausencia de empoderamiento cívico y centran el escenario público. El idealismo discursivo antagonista, a menudo, deriva en sectarismo e inoperancia transformadora, y no sirve para la legitimación de los liderazgos.

En la condición postmoderna (o posestructuralista) del populismo la política, como acción para el acceso y la gestión del poder institucional, se convierte en polarización discursiva sobre una realidad contingente y, por tanto, efímera y cambiante. El populismo derechista (con apoyo de poderes fácticos como en Trump) utiliza la simplificación, la mentira y la manipulación para ‘construir la ‘realidad’, convertirla en posverdad y configurar ‘hechos alternativos’. Aquí, habría que recordar la vieja idea materialista de Lenin: “cuando a la realidad la arrojas por la puerta, te entra por la ventana”. A pesar del poderío actual de los grandes medios de comunicación y aparatos políticos y culturales controlados por las clases dominantes, la realidad real de las relaciones sociales y las condiciones de vida de la gente persiste.

Es cierta la relativa incertidumbre e imprevisibilidad de los procesos sociopolíticos, pero la acción política debe estar conectada con las tendencias sociopolíticas y las demandas, los intereses y el ‘mundo de la vida’ de las mayorías sociales. Así, deben tener una conexión fuerte con las dinámicas socio-históricas, políticas y culturales expresadas en la polarización real entre el poder y las capas populares. 

Otro aspecto a destacar es la versátil aplicabilidad del enfoque populista respecto a distintos procesos sociopolíticos. Ese método dialéctico originario de Hegel, aparte de que enseguida aparecieron discípulos hegelianos de izquierda y de derecha, se refería a dos procesos históricos diferentes. Uno, al desarrollo de la burguesía ascendente (y el capitalismo) frente a la aristocracia y el antiguo Régimen que culminaría en el Estado moderno, con su máxima expresión, la Revolución Francesa. El otro, en el reconocimiento y autoafirmación de la nación-Estado frente a otras naciones, con el despliegue alemán. El primero, lo reconvierte Marx en la lucha de clases entre burguesía y clase trabajadora con la superación del capitalismo hacia un nuevo modelo social y económico: socialismo y comunismo. El segundo, lo retomará Schmitt para establecer la pugna entre amigo / enemigo como base de construcción identitaria etnicista, homogénea y total, de la nación alemana frente a los ‘otros’ y su pretendida superación (eliminación) a través del Tercer Reich; y se extiende a las relaciones internacionales de dominio / resistencia nacional.

Vemos que ya en sus orígenes (por no citar a Heráclito), ese ‘método’ analítico del antagonismo puede estar asociado a diferentes intereses de ‘clase’, nación o grupo social y a distintas estrategias políticas. Pues bien, Laclau retoma ese tronco común dialéctico (frente al kantismo o el liberalismo consensual-competitivo) desde una perspectiva postmarxista, es decir, volviendo al idealismo de Hegel en detrimento del materialismo (histórico) de Marx.

En segundo lugar, mi enfoque, realista y crítico, está ligado a la hermenéutica social y el análisis crítico del discurso (Alonso, 1998, y 2009; Beltrán, 2016; Ricoeur, 1999; Van Dijk, 2000) y al realismo crítico e histórico con la revalorización del sujeto y su experiencia (vivida e interpretada) como agente de cambio de las relaciones de poder y la hegemonía política y cultural (Domènech, 2016; Gramsci, 1978, y 2011; Jessop, 2008; 2015, y 2017; Tilly, 1984; 2004; 2009, y et al., 2005; Thompson, 1977; 1979; 1981, y 1995).

 Caben unas precisiones conceptuales, a través de varias citas ilustrativas. La primera para definir qué es la hermenéutica social, diferenciada del análisis del discurso:

 

La hermenéutica social es la forma de análisis adecuada para analizar e interpretar los discursos y las acciones e interacciones en que se manifiesta el sentido de las ‘cosas sociales’. La hermenéutica social no se interesa solo por el discurso, sino que tiene como objetivo básico la identificación, el análisis, la interpretación y la comprensión de algo que está más allá del discurso, a lo que el discurso (y no solo este) sirve de vehículo: el sentido de las cosas sociales (Beltrán, 2016: 92).

           

Igualmente, conviene destacar esta cita del Charles Taylor, filósofo canadiense, con postulados de comunitarismo republicano que explica la relación entre las ideas y el comportamiento de los actores sociales:

 

Las significaciones y normas implícitas en esas prácticas no solo están en la mente de los actores sino en las propias prácticas, que no pueden concebirse como una serie de acciones individuales y, en cambio, son en esencia modos de relación social, de ‘acción mutua’, y es que tales significados, por ser intersubjetivos, no son creencias o valores subjetivos, sino constituyentes de la realidad social (Taylor, 2005: 170).

 

Y otra cita de Miguel Beltrán (2016) que incluye una reflexión sobre Taylor y la importancia de los significados intersubjetivos, que están en las prácticas sociales mismas, no solo en las mentes individuales, y que son modos de relación, por tanto, objetivos. Su conclusión es evidente: el sentido es una creación colectiva; el pensamiento, construido socialmente y a través de la reflexividad, interactúa con la realidad y se generan mutuamente:

 

Los partidarios de la hermenéutica hacen descansar la interpretación y la comprensión de la realidad social en la existencia de significados intersubjetivos, mientras que la tradición positivista los atribuye a los individuos en términos de opiniones, creencias o actitudes subjetivas. Para Taylor, las que llama realidades prácticas no pueden ser identificadas haciendo abstracción del lenguaje que usamos para referirnos a ellas; la realidad social es una realidad con significados, que no son subjetivos, sino intersubjetivos, y que “no están solo en la mente de los actores, sino fuera de ellas, en las prácticas mismas… que son esencialmente modos de relación, de acción recíproca” (Beltrán, 2016: 112).

 

En este detallado repaso sobre el sentido, las ideas y la práctica social, comento otras tres citas referidas al historiador británico E. P. Thompson, que realzan su enfoque que él definía no de marxista sino de materialista e histórico.

Por un lado, destaca la importancia del análisis empírico e histórico de la formación del sujeto social y la prioridad por su problemática: “Ningún modelo puede proporcionarnos lo que debe ser la ‘verdadera’ formación de clase en una determinada ‘etapa’ del proceso… Lo que debe ocuparnos es la polarización de intereses antagónicos y su correspondiente dialéctica de la cultura” (Thompson, 1979: 39). O bien: “Para él lo central no era la cultura, ni el viraje cultural ahora transmutado en lingüístico, sino la problemática del sujeto en su devenir en el proceso de vida” (Domènech, 2016: 127).

Por otro lado, expresa los importantes matices que él mismo explica para revalorizar no solo la experiencia ‘vivida’ sino la experiencia ‘interpretada’ o pensada; con ello enlaza con una de las prioridades del análisis crítico del discurso sobre las mediaciones interpretativas en la conformación de la experiencia:

 

Yo utilizaba el término ‘experiencia’ de una manera central en este estudio sin definirla de una forma aceptable. Ahora me doy cuenta de que ‘experiencia’ se puede utilizar de dos maneras muy diferentes: por un lado en el sentido que la encontramos en nuestro trabajo histórico, acontecimientos reales que afectan la vida de la gente, su experiencia ‘vivida’, y de otro lado en el sentido de experiencia experimentada, es decir, como se interpreta la experiencia vivida. Entre los dos sentidos existe un gran vacío… considero que este es el talón de Aquiles, el punto débil de Miseria de la teoría (Thompson, 1974, citado en Benítez, 2016: 304).

 

Y una última cita que realiza una crítica desde una mirada marxista-gramsciana a los límites del populismo de Laclau y Mouffe:

 

En suma, Laclau y Mouffe han efectuado un valioso servicio teórica y políticamente al contestar el esencialismo y el reduccionismo, pero al hacerlo de un modo unilateral, que pone de relieve los aspectos discursivos de las relaciones sociales, no han logrado proporcionarnos nuevos conceptos para abordar las características no discursivas específicas de las relaciones sociales sedimentadas y los obstáculos planteados a la práctica política por estructuras que se han sedimentado por razones materiales, objetivas, y no meramente porque (todavía) no se hayan deconstruido y hayan contestado discursivamente… Yo estoy proponiendo una tercera opción entre el estructuralismo fatalista y el instrumentalismo voluntarista. Para decirlo de nuevo, esta opción se remite a la concepción estratégico-relacional del Estado como una relación social, una relación entre las fuerzas políticas mediada por la materialidad institucional del sistema estatal (Jessop, 2017: 24).

 

Su conclusión realista es que para analizar las relaciones sociales, es necesario desarrollar una tercera opción entre esos dos polos (estructuralismo fatalista e instrumentalismo voluntarista), y poner el acento en la relación entre las fuerzas socioeconómicas y políticas mediadas por las estructuras estatales.

En conclusión, comparto este enfoque realista, social y crítico, diferenciado del populismo idealista y del marxismo determinista. Pone el acento en el propio sujeto, en su experiencia vivida e interpretada, sus condiciones de vida y su cultura, así como su participación en el conflicto sociopolítico con los poderosos en un contexto histórico-estructural y de relaciones de fuerzas sociales y políticas determinado. Por tanto, es un proceso interactivo de conformación de su identidad colectiva a través de su práctica social y cultural, incluida su acción por la hegemonía política respecto del poder.

 

3.    DIFERENCIAR LOS DISTINTOS POPULISMOS POR SU SENTIDO

 

En primer lugar, hay que superar la oposición estructuralismo-posestructuralismo. Dejo aparte la valoración de esa inversión idealista o discursiva y la relevancia de la contingencia -o la modernidad líquida según Z. Bauman (2000)-, típicas del pensamiento postmoderno o post-estructuralista (del Río, 1997). Hay que superar dos polos. Por una parte, el determinismo económico -e institucionalista (Tarrow, 2012)- con su infravaloración de la subjetividad y la cultura. Por otra parte, de signo contrario, el idealismo voluntarista que infravalora la realidad social. En ese conflicto, como he avanzado antes, me sitúo en una posición intermedia pero, sobre todo, en otro plano para superar esa polarización, a veces falsa (Antón, 2015b).

En el fondo, especialmente en esta época de crisis socioeconómica, política y territorial, hay que revalorizar, por una parte, la importancia crucial de la ‘cuestión social’, la masiva situación de empobrecimiento, desigualdad, precariedad e incertidumbre; junto con la experiencia de subordinación en distintas estructuras sociales e institucionales forman parte de la realidad experimentada por las clases populares. Y, por otra parte, la experiencia interpretada y pensada por la gente, así como su actitud sociopolítica, sus prácticas sociales, sus mentalidades y los valores democráticos y de justicia social en que se sustentan, en la perspectiva de una ciudadanía social (Antón, 1997; 1999; 2000, y 2013b).

En la amplia investigación empírica realizada doy cuenta de esa interacción ineludible en la conformación de una ciudadanía indignada y las llamadas fuerzas del cambio en conflicto con el poder establecido (Antón, 2011; 2013a, 2015a; 2015b; 2016). Igualmente, he explicado sus precedentes, especialmente la relación entre precariedad laboral e identidades juveniles, así como el contexto estructural de la crisis socioeconómica, las políticas de ajuste y la  reestructuración del Estado de bienestar y el sistema de pensiones (Antón, 2006a; 2006b; 2009, y 2010).  

Por tanto, de acuerdo con esa interpretación, he desechado (aparte de las doctrinas funcionalistas y liberales), por una parte, el determinismo (economicista e institucionalista) y, por otra parte, el culturalismo o el posmodernismo; es decir, y aunque no solo, el marxismo de Althusser (1967, y 1969) y el populismo de Laclau.

En segundo lugar, trato de señalar la disparidad o incoherencia entre método y contenido sustantivo. El carácter indefinido o incompleto de la razón populista, como técnica de acceso al poder, conlleva la alta variabilidad del sentido político de sus actores. Esa posición es valorada por Laclau, según la cita anterior (1978: 233), como una ventaja demostrativa de su superioridad interpretativa por la amplitud y heterogeneidad de los fenómenos políticos que ampara. Pero aquí defiendo lo contrario, su inferioridad o sus límites para comprender y orientar las dinámicas emancipadoras de las capas populares (del pueblo) para lo que no tiene respuestas y echa mano, dentro de la contingencia histórica, de otras doctrinas sustantivas arbitrarias junto con la diversidad de su ‘traducción’ política y estratégica (Sousa Santos, 2003).

Según la experiencia histórica, muchas interpelaciones populares se realizan desde fuerzas emergentes (o minoritarias y en la oposición política) para conseguir apoyo popular (clases medias y trabajadoras), desplazar al poder establecido previo (oligarquías o clases dominantes) y configurar nuevas élites hegemónicas, incluso con nuevos Regímenes, algunos totalitarios: desde el nazismo, pasando por Reagan y Thatcher hasta llegar a Le Pen o Trump, e incluyendo las guerras inter-imperialistas –Iª Guerra mundial- o entre naciones –etnopopulismo yugoslavo-).

Es decir, ese componente del antagonismo existe más allá de las clases trabajadoras o populares y del movimiento socialista o progresivo; sería transversal en términos sociodemográficos, nacionales y político-ideológicos. En ese sentido, también es útil para interpretar dinámicas de las clases dominantes y otros actores como los nacionalismos, tal como lo teorizó el proto-nazi Schmitt (Villacañas, 2008).

El propio Laclau, ya en la cita anterior de 1978, asocia a Hitler con Mao y Perón y también cuatro décadas después en La razón populista (2013) expone el carácter populista del movimiento soviético de la Revolución de Octubre o el PCI italiano de Togliatti, de ascendencia gramsciana, así como la extrema derecha del Frente Nacional francés o el etnopopulismo yugoeslavo. Bajo el rótulo de populismo subsume todos los movimientos con alguna base popular que han entrado en conflicto con los poderes establecidos, independientemente de su sentido político o su carácter, muchas veces, contrapuesto.

Una clasificación similar es la de Iñigo Errejón (2017). Por un lado, distingue ‘proyectos neoliberales’, dirigidos por las élites tradicionales. Por otro lado, ‘proyectos comunitarios’ que también llama ‘fuerzas populares o patrióticas’. Todo lo que no es del primer tipo, es decir, todo el segundo bloque, lo llama ‘populismo’ como disputa de “un renovado ímpetu de fuerzas que aspiran a movilizar una voluntad popular nueva frente a los partidos tradicionales, sumisos a los poderes oligárquicos y financieros”. Por otra parte, estaría la disputa dentro del populismo entre dos tipos: ‘reaccionario y xenófobo’ o ‘democrático y progresista’. El futuro pasaría por la marginación de las fuerzas tradicionales y el poder oligárquico y sería populista con la pugna entre los dos tipos de populismos. Curiosamente, ese pronóstico del debilitamiento del poder establecido tiene cierto paralelismo con la idea voluntarista del hundimiento del bloque dominante debido, entre otras cosas, al ocaso de la clase media (Rodríguez, 2016), aunque con menor optimismo que este último sobre la aceleración de un proceso de ruptura radical del sistema. Pero veamos los problemas de ese diagnóstico de un desarrollo populista imparable.

Es verdad que algunos fenómenos como el de Trump y Macron han apelado al ‘pueblo’, han supuesto una novedad y, en el caso francés, una renovación parcial de la clase política desde postulados estrictamente liberales y una transversalidad centrista. Pero (al igual que el fenómeno del Brexit al que se opuso el líder laborista Corbyn, con la solidaridad de Podemos), sería abusivo interpretarlos como contrarios a los ‘poderes oligárquicos y financieros’. Todo lo contrario, son procesos de relegitimación de los auténticos poderes establecidos, con solo la modificación o recambio de unas élites gobernantes desgastadas, para neutralizar las dinámicas de empoderamiento cívico y cambio de progreso y consolidar las oligarquías de los poderosos y sus políticas antisociales.

Tiene sentido recordar la vieja tipología de Laclau de populismo de clases dominantes y populismo de clases dominadas. Los dos pueden constituir fuerzas políticas emergentes con base popular. Pero, las primeras son dependientes de otras fracciones oligárquicas, reconstruyen y relegitiman el poder establecido, a veces con la colaboración o fusión con las viejas élites institucionales y casi siempre, con el grueso del poder económico. Ambas son fruto de unas crisis políticas de legitimidad social o desafección popular, así como de la impotencia institucional de las clases gobernantes frente a tareas o retos nacionales que las viejas élites no han sido capaces de resolver. Pero el sentido de su acción política y su discurso son distintos y, a menudo, contrapuestos, como por ejemplo en el caso de las tres fuerzas ascendentes en Francia: El Frente Nacional de Le Pen, de extrema derecha, Los Republicanos en Marcha de Macron, de centro (neo)liberal, absorbiendo a parte de la derecha y del Partido Socialista, y la Francia Insumisa de Mélenchon, de izquierdas.

Así, se abre una dinámica de reestructuración del sistema político, incluso a través de un nuevo proceso constituyente o cambios revolucionarios (o reaccionarios). La experiencia más radical y totalitaria fue la del nazi-fascismo (y el imperialismo japonés y la dictadura franquista). Pero otras experiencias clásicas americanas de los años treinta y cuarenta combinaron democracia y populismo para afrontar importantes retos de identidad nacional frente al enemigo externo para lo que era necesaria una amplia movilización popular y nacional, como en los casos del peronismo argentino y el populismo del PRI mexicano, frente a debilidad estructural y la dependencia estadounidense, así como el populismo progresista del New Deal de Roosevelt, frente al riesgo de guerra con el nazismo y el imperialismo japonés (Villacañas, 2017a).

En tercer lugar, explico la importancia de señalar el distinto carácter sustantivo de los diversos populismos. Dejo aparte el análisis del grado de recambio de la clase política o el sistema institucional (pequeño en el caso de Trump, algo mayor con Macron), así como la intensificación del antagonismo político y la renovación o radicalismo discursivo. Las referencias principales de la polarización política para caracterizar al populismo son la actitud del ‘nosotros’ y del ‘ellos’ en relación con la democracia, la igualdad o justicia social y la solidaridad inclusiva o integración social y convivencia intercultural y nacional. Estoy hablando de los tres grandes valores de la ilustración progresista o republicana: libertad, igualdad y fraternidad.

Por tanto, el carácter de cada populismo no lo define solo el tipo de adversario con el que se confronta sino, sobre todo, el tipo de proyecto y su implementación práctica por las fuerzas propias, del nosotros; es decir, el sujeto de cambio se conforma a través de la experiencia (vivida e interpretada) de la interacción socioeconómica y político-cultural, mediada por la distinta posición de los diferentes actores del poder y las capas populares. La posición socioeconómica y el marco institucional tienen relevancia a la hora de articular las demandas populares y, por tanto, el tipo de actividades y experiencias en el conflicto social y político, así como en la diferenciación y la pugna con los poderosos.

El sentido no se construye, fundamentalmente, desde el discurso de una élite que lo divulga entre una masa fragmentada y es capaz de articularla como sujeto, como pueblo. Se conforma con la práctica masiva de las mayorías sociales, con  su experiencia vivida e interpretada; y en ese proceso de interpretación y pensamiento interviene las mentalidades previas y los nuevos discursos e ideas de los distintos agentes. Por tanto, el sentido no se deriva solo o principalmente de una pugna cultural donde es decisivo el discurso de una élite política o intelectual. La hegemonía cultural y política se conforma en interacción de las capas populares con su práctica social diferenciada y su comportamiento o costumbres en común frente al poder o las élites dominantes. 

En cuarto lugar, no tiene sentido meter en el mismo saco de populistas a fenómenos ética, política y democráticamente contrapuestos: a Trump con Sanders, a Le Pen con Mélenchon, a la extrema derecha europea (del centro y norte de Europa) con Podemos, el Bloque de Izquierdas portugués o la Syriza griega (de los países periféricos del sur con su especificidad alternativa) (Sousa Santos, 2016). Todas las fuerzas políticas nuevas y viejas (incluso en el nazismo) tienen bases populares (al igual que las derechas tradicionales y la socialdemocracia); la cuestión es su grado de imbricación con las oligarquías, que es muy diferente, y su sentido político igualitario-emancipador o segregador-opresivo.

Igualmente, hay que distinguir entre patriotismo (o neo-imperialismo) reaccionario, autoritario y excluyente y patriotismo (o nacionalismo y movimiento nacional-popular) progresivo, democrático y solidario. Utilizar el mismo significante para ambas dinámicas contrapuestas, en un proceso complejo lleno también de co-soberanías más o menos compartidas y con diversidad interétnica y cultural, también confunde más que clarifica las tendencias políticas principales en confrontación.      

Por tanto, tal como explico en otra parte (Antón, 2015b), esa mezcla de distintas dinámicas políticas nombradas bajo el mismo significante de populismo confunde más que aclara lo sustantivo de esos movimientos con componentes populares desiguales pero con un carácter muy distinto, autoritario-regresivo-opresivo o democrático-igualitario-emancipador. Lo importante es si en una crisis política, como oportunidad de cambio, predominan las tendencias en el sentido del refuerzo del poder establecido neoliberal y reaccionario o del avance hacia la democracia social; de involución hacia mayor desigualdad social, segregación y autoritarismo, o bien, de progreso democrático e igualitario, de solidaridad y convivencia intercultural. Los de arriba, el poder, tienen dificultades para gobernar, y los de abajo lo desafían y aspiran a sustituirlo; pero hay que definir la orientación política de sus dinámicas y proyectos respectivos.

Hay que analizar la profundidad de la relación de fuerzas entre ambos, el ‘nosotros’ y el ‘ellos’, la intensidad de su pugna, pero sobre todo su sentido político y ético-ideológico; es decir, el carácter de los dos polos en conflicto, el tipo de interacción y hacia dónde camina. El que tengan un aspecto secundario o procedimental en común –antagonismo e idealismo- no legitima una teoría basada en la aplicabilidad universal de ese componente. El hacerlo es a costa de generar confusión sobre el sentido de cada uno de ellos, el grueso de sus aspectos contrapuestos y su conflicto. Es decir, perjudica una interpretación ajustada y, sobre todo, obscurece la actitud y la posición política a adoptar ante cada uno de los dos (o más) fenómenos tan contrarios.

Esa diferenciación entre distintos ‘populismos’ llegó a ser una necesidad estratégica central en los años treinta y cuarenta estableciendo una frontera clara entre fascismo y antifascismo, entre autoritarismo racista-segregador y democracia solidaria-integradora, entre sometimiento totalitario y liberación popular (y nacional). Al principio hubo su confusión tanto en las filas liberales (con la idea de que los extremos se unen), cuanto entre sectores de izquierda (el enemigo común de las fuerzas emergentes –fascismo y comunismo- es el capitalismo –ahora las élites tradicionales-). Pero enseguida se impuso una diferenciación adecuada del nosotros / ellos; por una parte, los ‘aliados’ (desde EEUU y la URSS hasta los demócratas y partisanos europeos y asiáticos) y, por otra parte, los ‘adversarios’ (el eje nazi-fascista-imperialismo japonés). Confluían los intereses y proyectos compartidos del realismo anglo-americano y el giro de frente popular de la IIIª Internacional Comunista, frente al totalitarismo de extrema derecha, pretendidamente hegemonista. Luego, como se sabe, la polarización pasó a la pugna de la guerra fría entre los dos bloques político-estratégicos, que ha culminado con la desaparición del bloque del Este y la hegemonía occidental neoliberal.

Pues bien, tras el pretendido consenso mundial y europeo, estamos en otro ciclo de cuestionamiento del bloque de poder liberal-conservador (con el apoyo de la mayoría de aparatos socialdemócratas), por parte de una amplia corriente popular, con un reajuste de los sistemas políticos y la representación ciudadana. Pero vuelve el doble sentido de antaño de las fuerzas emergentes, su alcance y, sobre todo, la orientación transformadora. El cambio, a veces, se reduce a reajustes en la composición de la clase política gobernante, con un continuismo del bloque de poder institucional y económico (como en EE.UU, con un discurso nacionalista y segregador, y en Francia europeísta y liberal). Su funcionalidad es suplir la deslegitimación popular del continuismo neoliberal de la anterior clase gobernante generando otros focos o dinámicas que consoliden la estabilidad del poder establecido. Y, a pesar de algunas apariencias (impacto discursivo) o retoques parciales (reformas proteccionistas o regeneradoras), garantizar que persista la involución regresiva y autoritaria, como proyecto dominante, y la estabilidad del bloque auténtico de poder, sin llegar al totalitarismo o la anulación de la democracia liberal y el Estado de derecho.

No obstante, con el ascenso del populismo de derechas, reaccionario, autoritario y xenófobo, vuelve a ser central para las fuerzas alternativas esa diferenciación y oposición, poniendo el acento en la confrontación de dinámicas y proyectos sociales con ese populismo reaccionario, no los puntos secundarios en común.

En quinto lugar, poner por delante el prurito intelectual de descubrir o poseer una supuesta teoría más universal, con un nombre polisémico y confuso, es contraproducente con la tarea analítica y normativa de oponerse desde la posición democrática-igualitaria de unos movimientos populares al sentido autoritario-regresivo de otros populismos (dependientes de fracciones oligárquicas). El poner el énfasis solo en lo ‘nuevo’, mezclando todo tipo de fuerzas ascendentes, considerando de forma teleológica que todo lo emergente es bueno y el futuro siempre va a mejor, es un error.

Ayer ese optimismo histórico lo utilizó el marxismo para aventurar que el socialismo iba a ganar. Hoy lo hace el populismo, para afirmar que el futuro pasa por su hegemonía, sin precisar su carácter sustantivo. Persiste la promesa del liberalismo y el capitalismo benefactor de la sociedad. También la inevitabilidad de su eficacia ganadora la utiliza la socialdemocracia. Pero, desde el realismo histórico, ni siquiera podemos afirmar que va a ganar el bien de la humanidad, aunque sea fundamental explicitar ese objetivo desde el punto de vista ético-normativo.

Por tanto, utilizar ese determinismo histórico de estar en el campo ganador para justificar la propia teoría interpretativa o normativa y el consiguiente liderazgo, sin precisar su sentido, tiene poco recorrido científico y de legitimidad y puede llevar a gente progresista a la desorientación estratégica o al oportunismo político. La confianza en ser los elegidos es un motor de motivación (desde el nacimiento de las religiones)… pero también de frustración. Esa instrumentalización de la supuesta superioridad intelectual la usó el comunismo, con su teoría determinista de que la historia avanzaba, inevitablemente, en esa dirección de la sociedad comunista, cuando era un recurso retórico para ganar adeptos ofreciendo la certeza de ser ganadores. Conviene atenerse a los hechos, ser realistas, y, eso sí, tener voluntad transformadora. Es aquella idea gramsciana de ‘pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad’.

Laclau, partidario de la contingencia histórica, se deja arrastrar por esa función legitimadora sin fundamento empírico: el populismo, como lógica política, es bueno porque es ganador. Y para darle verosimilitud intenta justificarlo incluyendo hechos contrapuestos, o sea, con trayectorias políticas incoherentes entre sí. Con esa lógica utilitarista, las mínimas derrotas o dificultades se convierten en fracasos y, lo que es peor, en desarticulación de una fuerza sociopolítica emancipadora. En ciencias sociales, la fe en el método, al menos cuando estamos explicando el cambio sociopolítico, no se puede separar de su contenido sustantivo y hay que clasificar los procesos según su ‘sentido’ político.

Pero, incluso la deriva postmoderna de predecir y desear el desarrollo de ambos populismos (de derecha e izquierda), con la expectativa de la desaparición de las élites establecidas (la vieja derecha liberal-conservadora y la socialdemocracia) con su conexión con el poder, tiene otra consecuencia problemática. Esa evolución, desde luego, legitimaría el liderazgo populista de cada uno de los dos bloques; en ese sentido, haría más legítima y fácil la estrategia ‘discursiva’ (idealista), al difuminarse la existencia del poder. Pero, lo iluso es confiar en la disolución del poder, de las estructuras económicas e institucionales controladas por las clases dominantes, aunque la representación política tradicional esté en crisis. La recomposición o restauración del sistema político sería imperioso para el bloque de poder. Y ahí es cuando viene el ‘realismo’ del populismo de derechas como instrumento de condicionamiento y participación en el poder establecido.

La posición idealista de obviar al bloque de poder, con sus estructuras políticas y económicas de dominación (Jessop, 2015), llevaría a las fuerzas alternativas a una estrategia política inoperativa, ya que el poder (las estructuras económico-financieras e institucionales) seguiría estando ahí, en todo caso bajo la cobertura de  esa nueva clase populista o reaccionaria de derechas. Por tanto, el populismo progresivo, con sus armas discursivas, no tendría capacidad de respuesta estratégica e intelectual para resolver los retos del cambio. Volveríamos, en lenguaje gramsciano, a la necesidad de la pugna por la hegemonía política y cultural entre el bloque de poder y el bloque social e histórico de las clases populares (a construir en ese conflicto).

 

4.    PUGNA POR EL SENTIDO Y/O POR EL PODER

 

Frente a una idea determinista, que pone el acento en la inercia estructural y, por tanto, en la idea de la imposibilidad transformadora (o su contraria, la inevitabilidad de la victoria del socialismo o el populismo), es bueno destacar la capacidad de cambio derivada de la pugna sociopolítica. Así, puedo admitir que: “en la política las posiciones y el terreno no están dados, son el resultado de la disputa por el sentido” (Errejón, 2015: 46). Pero conviene hacer varias matizaciones para no infravalorar los condicionamientos de la realidad y no caer en el voluntarismo o el idealismo. Primero, qué significado le damos a la palabra sentido y el tipo de disputa y resultado y, sobre todo, qué tiene que ver la subjetividad (el sentido común de la gente) con las posiciones (socioeconómicas e institucionales) y el terreno (contexto de las relaciones sociales de dominación / subordinación y las experiencias cívicas).

Desde una posición realista y crítica podríamos destacar que el aspecto principal del resultado es producido por la disputa, por el tipo de comportamiento o conflicto, poniendo el acento en esa ‘experiencia’ popular con una finalidad, significado o justificación (sentido) determinados. Una idea conocida y clarificadora del propio Marx, en Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852), es la siguiente: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo aquellas circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”.

Por tanto, para clarificar mejor el significado de la posición habría que cambiar la palabra sentido por poder, es decir, la mentalidad por una relación social. Así, las posiciones (político-institucionales a las que se llegan) y el terreno (el contexto y la relación de fuerzas) son el resultado de la disputa (el conflicto y la participación de los grupos sociales en los que interviene su cultura o sentido) por el poder (que es lo específico de la política). Y todo ello, las posiciones y el terreno, son circunstancias que condicionan los márgenes de actuación y el resultado de la disputa. Desde una lectura idealista, aparte de desechar la influencia de las circunstancias, lo decisivo a considerar sería el sentido como ideal, pero no el compartido por la gente, por su actitud o mentalidad, sino por el discurso externo propuesto por una élite.

Estamos en una dicotomía entre realidad estructural y papel de las ideas, típica del conflicto estructuralismo-posestructuralismo. En el tuit siguiente está más claro: “No son los ‘intereses sociales’ los que construyen sujeto político. Son las identidades: los mitos y los relatos y horizontes compartidos” (Errejón, 2-4-2016). O bien, en esta otra afirmación de Pablo Iglesias en el programa de TV La Tuerka, sobre Podemos y el populismo (noviembre de 2014): “La ideología es el principal campo de batalla político”. Estas interpretaciones son típicamente populistas, en el sentido de postmodernas o idealistas que vienen de lejos:  

 

Todas las luchas, tanto obreras como de los otros sujetos políticos, tienen, libradas a sí mismas, un carácter parcial, y pueden ser articuladas en discursos muy diferentes. Es esta articulación la que les da su carácter, no el lugar del que ellas provienen. (Laclau y Mouffe, 1987: 278).

 

La articulación no es la del propio movimiento popular o las relaciones sociales que en su interacción generan una dinámica y una cultura sino que el agente articulador de una realidad amorfa es el discurso que les imprime el carácter. En esas ideas se vuelve a oponer, por un lado, posición sociopolítica y económica de la gente (pasiva) en una determinada estructura o contexto, a la que no se le da ningún papel importante en la conformación de la actuación de un sujeto sociopolítico, o lo que es peor, la realidad del propio sujeto (fragmentado o desarticulado) impotente; por otro lado,  la articulación que está derivada del discurso como el factor activo o determinante que conforma el resultado de la política, la construcción de pueblo y el acceso al poder.

Estas ideas posestructuralistas, aunque hay diversidad de matices, se asientan en la crisis del determinismo estructuralista o mecanicismo economicista de cierto marxismo que defendía que las condiciones objetivas (la realidad de explotación de las clases trabajadoras) crean las condiciones subjetivas (su conciencia social y política) surgiendo su acción transformadora o revolucionaria del capitalismo. Los años setenta señalan los límites de esa teoría y, aprovechando interesadamente la generalización de los llamados nuevos movimientos sociales y sus dinámicas de protesta y reconocimiento, se llega al otro extremo postmoderno de la sobrevaloración de la cultura o las ideas (Antón, 2015b; Touraine, 2005; 2009, y 2011). Y finalmente, a la muerte del sujeto de cambio y a la constatación de la única realidad lingüística, la nominación, que sería la que determina su existencia (Domènech, 2016).

No obstante, como he adelantado, esa dicotomía es unilateral. El ‘lugar’, la posición social o el contexto relacional no generan el carácter a las luchas; pero tampoco lo hace la ‘articulación’ a través del discurso que construiría ese sentido. Siguiendo a Thompson (1977; 1979; 1981, y 1995) hay que superar esa polarización abstracta para situar en primer plano la interacción del sujeto con sus condiciones reales de existencia, incluida su subjetividad. Es la ‘experiencia’ vivida y pensada (interpretada) de la gente en la que se interrelacionan (articulan) esas realidades materiales, culturales y asociativas. Y en esa experiencia, por supuesto, interviene su comportamiento, su práctica en las relaciones sociales y económicas de mayor o menor explotación y subordinación. Es la propia gente la que le da sentido a su relación social desde una determinada cultura.

Por tanto, esas formulaciones unilaterales, priorizando las ideas como factores de cambio, no son realistas, son idealistas; tienden a infravalorar la realidad concreta, material y cultural, de la gente y sitúa el motor de la activación en el discurso externo que es el que tendría la responsabilidad de dar sentido o carácter a su práctica sociopolítica, sus mentalidades y su identidad colectiva.

 

5.    CRÍTICA AL IDEALISMO DISCURSIVO O POSMODERNO

 

Termino con una valoración crítica a este planteamiento populista de idealismo discursivo o postmoderno con varias citas desde los enfoques thompsoniano y gramsciano. En primer lugar, de Xavier Domènech:

 

De hecho, en el paso del estructuralismo al posestructuralismo hay una profunda lógica, ya que al eliminar los sujetos, finalmente, las estructuras pierden cualquier anclaje con la realidad hasta llegar a su negación más allá de la esfera de las mismas estructuras. Lo que antes se pretendía una representación fidedigna de lo real en la forma de estructuras, se invirtió convirtiendo lo real significativo en una representación fidedigna de las estructuras. Se había disuelto el nexo entre lo uno y lo otro, el propio sujeto, y en el proceso se perdió también el sentido de la relación entre el conocimiento de la realidad producido por los sujetos, que no ‘representa’ la realidad sino que la explica, y la misma realidad (Domènech, 2016: 125-126)…

En Thompson no hay dos campos de determinaciones sino la realidad de un sujeto colectivo que ‘vive su realidad material y en ese vivirlo lo percibe y lo interpreta en un sentido u otro, incluso en varios sentidos a la vez, a partir de sus legados, tradiciones, materiales a su alrededor, resignificados y transformados  en su vivir’. El ser consciente se establece así no como una conciencia separada de un ser social, sino como una entidad en sí misma que forma parte de esa misma vida social. Marco en el que deviene central, para entender cómo se forma la clase, el campo de su ‘experiencia’, como espacio de percepción e interiorización de lo vivido y espacio de reacción ante lo vivido. Es decir, en el caso que nos ocupa, como un espacio donde se forma y se comprende la clase obrera (p. 138)…

[Entre los argumentos de Thompson] El primero de ellos fue señalar el campo de la ‘experiencia’ como espacio central de la relación entre clase y conciencia de clase. En el segundo superaba esa misma dualidad entre el espacio ‘objetivo’ y ‘subjetivo’, invirtiendo con ello el modelo ‘clásico’. Para él la secuencia, si es que puede hablarse realmente de secuencia en su caso, no era clase, conciencia de clase y lucha de clases, una entidad objetiva que devenía en identidad y luego operaba en el campo del conflicto, sino en todo caso lucha de clases, conciencia de clase y clase (p. 139).

 

Y podemos rematar con el propio Marx, en La ideología alemana (1846) o en La miseria de la Filosofía (1847), en una formulación historicista y no determinista: “Los diferentes individuos solo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase”.

Desde mi punto de vista, el enfoque realista e histórico de E. P. Thompson, tal como he desarrollado en otras partes (Antón, 2014; 2015b, y 2018) y anteriormente, es de los más sugerentes para explicar los procesos de conformación de los sujetos sociales y políticos y cómo superar la dicotomía estructuralismo-posestructuralismo desde una óptica relacional de las propias capas populares y su experiencia y con una actitud transformadora.

Superando el esquema dicotómico anterior, el proceso real no sería interpretable adecuadamente desde el enfoque idealista-postmoderno (discurso, identidad y lucha popular) ni el determinista-estructuralista (clase, conciencia de clase, lucha de clases) –que también sería idealista siguiendo a Thompson (1981)-. La conformación del sujeto como factor de cambio y la dinámica sociopolítica habría que interpretarla desde el realismo crítico, relacional e histórico (thompsoniano): experiencia relacional (participación en el conflicto social, posición en las relaciones sociales y ‘costumbres en común’ y diferenciadas), conciencia social (pensamiento, subjetividad e interpretación de la gente común y las élites) y sujeto sociopolítico (construido a través de su práctica relacional y cultural). Las tres facetas forman un conjunto social interconectado e inseparable, solo analíticamente.

Por último, recordar que el autor de esas citas es, actualmente, uno de los líderes más significativos de las fuerzas del cambio (coordinador de En Comú Podem, los comunes en Catalunya).

En segundo lugar, desde un pensamiento marxista-gramsciano renovado, Robert Jessop critica, en esta larga entrevista de C. Prieto y J. C. Monedero de la que extraigo varias citas, algunas insuficiencias del idealismo postmoderno del populismo de Laclau y Mouffe:

 

Porque el análisis del discurso no puede proporcionar los medios para leer las coyunturas y decidir cursos factibles de acción respecto a diferentes horizontes espacio-temporales de acción… Laclau y Mouffe tienden a ignorar estas constricciones en pro de lo que podríamos denominar una afirmación ‘panpoliticista’ de que estructuras sedimentadas y consideradas inmediatamente obvias pueden ser repolitizadas. Esto reduce lo social a lo político e implica que la política es tan solo cuestión de generar el discurso correcto…

Al intentar prescindir de toda traza de esencialismo, Laclau y Mouffe vacían la economía y lo político de cualquier contenido teórico determinado. En vez de analizar los efectos de las formas sociales, las contradicciones, los dilemas, las tendencias a la crisis, etcétera específicos, sostienen que la relación capital es una pura relación política contingente. Esto hace que sus análisis económicos y políticos sean superficiales y que se basen en terminología convencional extraída del lenguaje ordinario, de los debates sobre las diversas políticas y de los paradigmas predominantes.

En resumen, a pesar de todo el autoproclamado radicalismo y bravuconería posmarxistas, este planteamiento no puede proporcionar las herramientas conceptuales o identificar los mecanismos necesarios para efectuar la crítica de la economía política o de las sociedades «modernas» en general… (Jessop, 2017: 23-24).

 

Estas referencias no necesitan mucho comentario. Me parecen clarificadoras. He resaltado en negrita (al igual que en las citas anteriores y posteriores) las ideas más significativas que reflejan las limitaciones del enfoque populista de Laclau y Mouffe. Así, por efecto péndulo de su acertada crítica al esencialismo y el reduccionismo del determinismo economicista, pasan al extremo de infravalorar la realidad social, económica e institucional o subsumirla en una concepción discursiva y contingente de la política. Ese enfoque idealista o postmoderno les dificulta la interpretación y, sobre todo, la elaboración de una teoría y una estrategia transformadoras enraizada en esa realidad.

En tercer lugar, para mayor abundamiento, selecciono y comento varias referencias elaboradas desde la sociología del conocimiento para clarificar el significado del ‘sentido’ político y la constitución de la realidad social, de la mano del sociólogo y colega Miguel Beltrán:

 

El sentido no es algo que cada actor social otorga a las ‘cosas sociales’, sino que es un sentido ‘socialmente puesto’El conflicto social provoca sentidos diferentes para diferentes grupos sociales, de suerte que las ‘cosas sociales’ pueden no tener el mismo sentido para quienes interactúan a su alrededor y dentro de ellas (2016: 91).

El sentido que interesa a la sociología es una creación colectiva, no individual. Al ser compartido es intersubjetivo, esto es, objetivo, con lo que se produce una suerte de ‘objetivación de la subjetividad significativa’ (2016: 118).

El sociólogo aceptaría que el pensamiento crea (construye) (cierta) realidad (social), y que la realidad (social) crea (o al menos influye, condiciona y a veces determina) (cierto) pensamiento… realidad y pensamiento juegan entre sí, generándose mutuamente. (2016: 142 - final del libro-).

 

La palabra ‘significado’ se refiere al contenido discursivo del análisis de un texto; el significante ‘sentido’ contiene un criterio, juicio o significado colectivo que está en un discurso pero, sobre todo, en una práctica social. Y puede estar más o menos expreso o latente en el comportamiento del grupo social. Al tener por objeto el sentido de los hechos sociales la interpretación es más compleja y debe considerar a ambos procesos, discursivo y práctico-relacional, incluyendo no solo las mentalidades y la dinámica social sino su socio-génesis, su evolución y los factores que la condicionan. En esa comprensión de la interacción de los dos elementos y su trayectoria está la base interpretativa de la hermenéutica social, más completa, multilateral e interactiva que el idealismo postmoderno o el determinismo estructuralista. 

 

6.    CONCLUSIONES: UN NUEVO ENFOQUE CRÍTICO, SOCIAL Y REALISTA

 

La caracterización del ‘momento’ populista como expresión del conflicto de nuevas fuerzas populares frente a las viejas élites tradicionales, aparte de la acertada clasificación en un campo o en otro de dichas fuerzas, es un asunto analítico y normativo secundario. Visto desde el poder establecido es un problema de descenso de la legitimidad pública de la élite política normalizada o clase gobernante, es decir, de su necesidad estratégica de recomponer su credibilidad y, por tanto, su poder. Es una situación de crisis política, más o menos profunda, que puede llegar a la transformación del régimen político (y económico y nacional). Como todas las crisis, son una oportunidad para el cambio al estar debilitadas las estructuras de poder.

Pero, dentro de las dinámicas sociopolíticas emergentes y sus pugnas y equilibrios con el poder establecido (la clase o fracción dominante) para establecer una nueva hegemonía, hay que explicar dos cosas: la profundidad del cambio y el doble (o diverso) sentido transformador. Es decir, si las tendencias ‘nuevas’ solo llegan a una remodelación superficial de las élites gobernantes y el sistema político o alcanzan modificaciones profundas de los núcleos del poder institucional, socioeconómico y nacional-territorial. Y respecto de su trayectoria y orientación si van en un sentido democrático-igualitario-solidario o en un sentido autoritario-regresivo-segregador (o con fórmulas intermedias o mixtas según qué aspectos).

Fenómenos populistas se han producido en regímenes políticos inestables, es decir, sin la hegemonía de una clase gobernante potente y creíble, y que ha incumplido su función colectiva. O sea, que ha frustrado con su gestión los fundamentos de legitimidad ciudadana y cohesión política y nacional derivados del cumplimiento del contrato social o pacto colectivo de seguridad y bienestar colectivo.

Por tanto, junto con la base social de descontento popular emerge una o varias dinámicas de reajuste o recomposición de esa clase política o régimen institucional, con mayor o menor nivel de ruptura o continuidad con el viejo orden y la vieja élite política gobernante. Estos procesos se pueden dar, no solo en países desestructurados institucionalmente, sino en los Estados más avanzados y/o democráticos (como EEUU., Reino Unido y Francia, o bien, Holanda, Austria y Suecia); al igual que en otro momento los Estados ‘modernos’ del Eje (Alemania, Italia y Japón) aun con fuertes fracasos históricos respecto de sus expectativas imperiales o hegemónicas y un pasado de gran descontento social, a menudo, con importantes movimientos de izquierdas. Así, el contexto es diferente al del típico populismo latinoamericano con unas clases gobernantes más frágiles y fragmentadas, aunque con unos desafíos nacionales, institucionales y de cohesión social también relevantes.

Dos elementos de fondo son comunes: crisis de legitimidad de las élites político-institucionales y grandes retos geoestratégicos, socioeconómicos y nacionales. La vieja clase política (o el sistema institucional) es incapaz de abordarlos bien y necesita una mayor movilización popular y de recursos estructurales para recomponer la nueva élite y la nueva hegemonía o reequilibrio del poder. El populismo, por tanto, es una lógica de acción política antagonista y discursiva frente a las viejas élites políticas con la tarea de instaurar un nuevo orden hegemónico (Fernández Liria, 2016; Villacañas, 2015, y 2017b).   

Hasta ahora, prácticamente no he definido el sentido de las oportunidades de cambio con esa crisis y la nueva movilización política. No obstante, lo principal para el poder establecido y las fuerzas emergentes y, especialmente, para el análisis y la posición política y estratégica de progreso es el peso (u oportunidad como relación de fuerzas) de la tendencia hacia una salida igualitaria-democrática-solidaria u otra reaccionaria-regresiva-autoritaria. Es decir, los procesos históricos y los campos políticos se definen, fundamentalmente, por su sentido sustantivo, no procedimental. La tarea de las fuerzas del cambio de progreso es el debilitamiento del poder establecido de las clases poderosas (incluido la presión derechista-xenófoba) y el empoderamiento ‘popular’ democrático-igualitario. Ese es el eje principal de la polarización en los últimos siglos, por supuesto con diferencias en cada campo y con zonas intermedias y transversales.

Y no es un asunto menor el papel contradictorio y ambivalente que juega la socialdemocracia u otros actores intermedios (pertenecientes a los de arriba y a los de abajo y, según qué temas y momentos, al medio), así como la necesaria diferenciación entre la derecha y la extrema derecha. Otra cosa es la ‘composición social’ de una fuerza oligárquica, de derecha o extrema-derecha, que puede apoyarse en sectores populares o de clase trabajadora (descendentes) o su supuesto perfil ‘social’ pero divisionista y segregador respecto de otras capas populares (inmigrantes, extranjeros). Y aunque cuenten, desigualmente, con apoyos ‘populares’ o sean más o menos patrióticos o ‘protectores’. O sea, su valoración política y ética no depende, sobre todo, de su composición y su perfil (que son un síntoma significativo), sino del ‘sentido’ de su trayectoria sociopolítica y cultural y su proyecto de sociedad, aspectos que conforman su identidad real.

Los poderes establecidos liberal-conservadores y todo su aparato académico y mediático no ven mal esa caracterización polisémica de los distintos populismos: son todos los que cuestionan la gobernabilidad de su poder, del ‘sistema’ político. Enlaza con su lógica de mezclar y desprestigiar a ‘ambos extremos’. Pero esa delimitación de campos, poder liberal-conservador frente a ‘extremistas’ o antisistema de ambos colores –izquierdistas y derechistas- es nefasto desde una óptica transformadora progresista. No deja ver los grandes conflictos políticos y de valores de igualdad, libertad y fraternidad contra los que, a veces, hay coincidencias entre la extrema derecha y la derecha liberal. Por tanto, desorientan sobre las estrategias políticas y las alianzas emancipadoras.

En definitiva, hay que superar (aparte de las teorías funcionalistas, liberal conservadoras o socioliberales) el enfoque populista, del simple antagonismo ligado al idealismo discursivo postmoderno, así como el determinismo economicista, de la sobrevaloración de las estructuras económicas e institucionales que se imponen a la propia gente como actor sociopolítico y conllevan un inevitable futuro. Hay que desarrollar un enfoque realista, social y crítico con el acento puesto en la importancia del propio sujeto, de sus condiciones de vida y sus contextos relacionales de dominación y subordinación, de su experiencia y su subjetividad, de su práctica social y su diferenciación cultural y política. Sobre esa faceta interpretativa se podrá elaborar una estrategia de cambio de progreso más clara y acertada.

 

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